En el capítulo 4 del evangelio de Juan, el Señor dice a la mujer samaritana que había ido al pozo de Jacob a buscar agua: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn. 4:13-14).
Noten que Cristo no le promete destruir la sed, sino proveerle un manantial inagotable para saciarla. Si el Señor destruyera nuestra sed, nunca más sentiríamos nuestra necesidad de Él. Y como bien ha dicho alguien, Cristo no quiere santos auto satisfechos.
Lo que Él promete a la mujer samaritana, y a todos nosotros, es que si bebemos del agua que Él ofrece tendremos en nosotros un manantial inagotable donde saciar nuestra sed continuamente.
John Piper dice lo siguiente al respecto: “Un manantial satisface la sed, no removiendo la necesidad que tienes de agua, sino estando allí para proveerte agua cada vez que estés sediento. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez” (cit. por Donald Whitney; pg. 19).
Pero hay ocasiones en que los creyentes nos sentimos más que sedientos; sentimos que tenemos el alma reseca, agrietada de tanta aridez. Y aunque eso puede ocurrir por diversas razones, es posible que el problema sea que estamos bebiendo demasiado de la fuente equivocada de este mundo, y bebiendo cada vez menos de la fuente que Dios nos ha provisto para calmar nuestra sed.
No todo lo que se bebe calma la sed; algunas cosas más bien la incrementan. Y así le ocurre al creyente cuando se detiene demasiado en las cosas de este mundo, descuidando al mismo tiempo su comunión con Dios. Tarde o temprano sentirá como su alma se torna reseca y agrietada:
“Espantaos, oh cielos, por esto, y temblad, quedad en extremo desolados - declara el SEÑOR. Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jer. 2:12-13).
¿Es ese tu caso? ¿Te has dejado seducir por las cisternas rotas de este mundo que no retienen agua, y has descuidado la fuente de agua viva? No te extrañes, entonces, de que tienes el alma seca. No podría ser de otro modo, porque el que bebiere de esa agua que el mundo ofrece volverá a tener sed.
Pero hay otro tipo de sed a la que Donald Whitney llama: La sed del alma satisfecha. Esto suena paradójico de primera impresión, pero lo cierto es que alma satisfecha en Dios siente una continua sed de Dios, precisamente por el hecho de haber sido satisfecha.
Dice el salmista en el Salmo 34:8: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en Él”. Aquel que ha gustado y experimentado la bondad de Dios en su vida, siempre querrá más.
Esa fue la experiencia del apóstol Pablo, como vemos en el capítulo 3 de Filipenses:
“Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte” (Fil. 3:7-10).
“Ya le conozco – dice él, tengo 30 años caminando a Su lado, pero no me siento totalmente satisfecho; yo quiero más, yo quiero más”. Esa es la sed del alma satisfecha.
¿Cómo está tu sed por Dios en este momento? Ese es un buen indicativo para conocer el estado espiritual en que se encuentra tu alma.
© Por Sugel Michelén.
Centro Betania
DIVERSIDAD, IDEAS Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL
viernes, 23 de septiembre de 2011
viernes, 26 de agosto de 2011
EL CARACTER DEL OBRERO
Este es la cuarta conferencia de una serie impartida por Watchman Nee y publicada bajo el título: El Carácter de Obrero de Dios. TEMA 4: Poner nuestro cuerpo en servidumbre
En 1 Corintios 9:23-27 dice: “Todo lo hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él. ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corred así, para ganar. Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera lucho en el pugilato, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”.
El versículo 23 declara: “Todo lo hago por causa del evangelio”. Esto comprueba que este pasaje alude al camino que debe tomar un predicador del evangelio, o sea, un siervo del Señor. El versículo 27 añade: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre”. Este es un requisito básico que el siervo de Dios se impone a sí mismo. Los versículos del 24 al 26 nos muestran cómo Pablo golpeaba su cuerpo y lo hacía su esclavo.
Quiero aclarar también que cuando Pablo hablaba de golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre, no estaba de acuerdo de ninguna manera con el ascetismo, ni estaba de acuerdo con los que, bajo la influencia del ascetismo, enseñan que nuestro cuerpo es un estorbo, el cual debemos tratar de deshacernos. Los ascetas creen que el cuerpo es la fuente del pecado y que para resolver este problema uno tiene que tratarlo severamente, pero la Biblia no enseña que el cuerpo sea un estorbo, y mucho menos que sea una fuente de pecado. Más bien, nos dice que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo (6:19) y que el día viene cuando nuestro cuerpo será redimido y glorificado. Cuando hablamos de “golpear el cuerpo”, jamás debemos pensar en esa enseñanza del ascetismo. Si introducimos tal pensamiento en el cristianismo estaríamos creando otra religión. Esto no es lo que predicamos. Repudiamos la idea de que el cuerpo sea un estorbo o la fuente del pecado. Ciertamente reconocemos que el cuerpo nos puede llevar a pecar, pero no por eso decimos que el cuerpo sea la fuente del pecado. No importa cuán drásticamente tratemos con nuestro cuerpo, aún podemos pecar.
En 1 Corintios 9 Pablo confronta a los obreros cristianos en cuanto al problema de sus cuerpos. El versículo 23 dice: “Todo lo hago por causa del evangelio”. Esto significa que cuando él habló esta palabra, lo hizo asumiendo la posición de un predicador del evangelio. ¿Qué es lo que Pablo hacía por causa del evangelio? Los versículos del 24 al 26 nos lo muestran. En el versículo 27 Pablo señala que lo que él hacía era golpear su cuerpo. De acuerdo con el texto griego, la palabra golpear significa “abofetear en la cara hasta hacer un moretón”. Golpear nuestro cuerpo y hacerlo un esclavo significa ponerlo en servidumbre y “golpearlo” tanto que obedientemente se vuelve nuestro esclavo, cediendo a la voluntad del predicador del evangelio. (Por supuesto, esto no significa golpear literalmente nuestro cuerpo físico, de acuerdo con la expresión: “duro trato del cuerpo” mencionada en Colosenses 2:23). Pablo dijo que él hacía esto debido a que: “no sea que habiendo yo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. Esto nos muestra que golpear el cuerpo y ponerlo en servidumbre es la manera básica en la que todo siervo de Dios debe vivir. Todo siervo de Dios debe andar conforme a esta norma básica: su cuerpo tiene que ser sometido a servidumbre. Si su cuerpo no es sometido a esclavitud, no puede servir a Dios. ¿Cómo resolvió Pablo el problema de su cuerpo? Golpeándolo y poniéndolo en servidumbre. El versículo 27 nos presenta el tema, y los versículos del 24 al 26 nos dan la explicación de dicho tema, ya que en tales versículos vemos cómo Pablo golpeaba su cuerpo, lo cual él declaró en el versículo 27. Ahora, consideremos este pasaje punto por punto.
El versículo 24 dice: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren?”. Para mostrarnos este asunto Pablo usó el ejemplo de un corredor que participa en una carrera. El servicio al Señor y la labor que un cristiano efectúa para su Amo pueden compararse con una carrera. Todos estamos participando en esta carrera, esto es obligatorio. Nadie está exonerado. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corred así, para ganar”. Sólo uno de los corredores recibe el premio. Pero en nuestro caso, si todos corremos, todos recibiremos el premio. Esta es la diferencia entre una carrera deportiva y nuestra carrera. Pablo usó el ejemplo de una carrera, y tal ejemplo nos conduce al versículo 25.
El versículo 25 dice: “Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio”. Este es el punto que Pablo recalca: a fin de competir, es necesario pasar por un entrenamiento. Se tiene que ejercer dominio propio en todo. El atleta no puede comer lo que desee ni dejar de comer como desee. No puede dormir todo lo que desee ni desvelarse a su gusto. Todos los atletas que compiten en los juegos llevan una disciplina muy estricta durante su entrenamiento. Son disciplinados estrictamente en cuanto a su dieta y su horario de descanso. Antes de iniciar la competencia, tienen que seguir normas estrictas, tales como no beber ni fumar, y una vez que comienzan a competir tienen que seguir reglas aún más estrictas. Por esto el versículo 25 dice que todo aquel que compite, en todo ejerce dominio propio. Algunos pueden pensar que es difícil dejar de fumar, beber o practicar sus pasatiempos favoritos, pero cuando un deportista se prepara para una carrera, tiene que ejercer un control sumamente estricto sobre su propio cuerpo. “Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio”. ¿Cuáles son las cosas en las que tiene que ejercer dominio propio? Tiene que ejercer dominio propio en las demandas que su cuerpo le hace. No puede permitir que su cuerpo le haga demandas ni puede darle demasiada libertad. Debe reservar su cuerpo para una sola cosa: correr la carrera. Su cuerpo no es para comer, arreglarse, fumar, beber ni dormir, sino para correr. Muchos corredores tienen que abstenerse de comidas dulces o las que contengan mucho almidón. Esto no quiere decir que éstas sean dañinas o inútiles, sino que se abstiene de ellas porque no lo ayudan en su carrera. Para ser un corredor, uno tiene que ejercer dominio propio en todo. El versículo 27 habla de golpear el cuerpo, y es aquí, en este versículo, que el cuerpo es introducido en la discusión. El cuerpo tiene que estar bajo control, tiene que obedecer. Todas las facultades del cuerpo son reservadas para una sola cosa: correr, y correr de tal manera que lo lleve a obtener el primer premio.
El versículo 25 continúa: “Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”. Los corredores ejercen mucho dominio propio para obtener una corona corruptible. Pero nosotros que vamos en pos de una corona incorruptible, ¿no creen que deberíamos ejercer mucho más dominio propio? La corona corruptible hace referencia a las guirnaldas de flores de los griegos, que se marchitaban a los tres o cinco días. Un corredor tenía que someterse a largos períodos de entrenamiento a fin de tener la oportunidad de ganar tal corona corruptible. Pablo dijo: “Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”. Debemos prestarle atención a la comparación de Pablo. Los corredores griegos corrían en la pista de carreras, mientras que nosotros corremos en el mundo. Su carrera consistía en ejercitar su cuerpo, mientras que nuestra carrera es nuestro servicio a Dios. En aquella carrera, sólo uno recibía el premio, pero en nuestra carrera, todos podemos recibirlo. Su premio era una corona corruptible, pero el nuestro es una corona incorruptible. Estos son diferentes contrastes de estas carreras. Sin embargo, una cosa es cierta en ambas: se tiene que ejercer dominio propio en todo. En ambos casos se requiere el dominio propio. Ellos ejercieron dominio propio para ganar en una carrera; nosotros lo ejercemos para predicar el evangelio. Puede ser que las metas sean muy diferentes, pero la disciplina impuesta al cuerpo es igual. Ellos tenían que ejercer dominio propio para correr la carrera y, como cristianos, nosotros también tenemos que ejercer dominio propio en nuestra vida cristiana.
El versículo 26 dice: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera lucho en el pugilato, no como quien golpea el aire”. Esto significa que Pablo no estaba corriendo sin tener una meta; él sabía hacia dónde iba. Él dice que golpeaba su cuerpo. Esto quiere decir que al boxear él no golpeaba al aire, sino que golpeaba su propio cuerpo. Debemos considerar el versículo 26 junto con el versículo 27. El primero nos dice que Pablo no carecía de meta. No corría en cualquier dirección según otros le señalaban, sino que corría con una dirección definida. Tampoco, cuando golpeaba, lo hacía al aire. Luego en el versículo 27, él inmediatamente indica que estaba golpeando su cuerpo. Le estaba pegando a su propio cuerpo. Anteriormente señalamos que golpear significa pegar, dejar moretones en todo el cuerpo. No es un golpe ordinario, sino una golpiza severa. Los golpes comunes no producen moretones. Pablo trató con su propio cuerpo de una manera dura para que éste llegara a estar bajo su control. Lo hizo para que su cuerpo fuera su esclavo. Esto significa que no permitiría que su cuerpo fuera indulgente; antes bien, lo puso bajo su control.
La meta de tal ejercicio es hacer que el cuerpo sea un esclavo, y el medio para hacerlo es golpearlo. Golpeamos nuestro cuerpo a fin de que éste pueda ser nuestro esclavo. Hermanos y hermanas, si no vencemos en este asunto, sería mejor ni siquiera intentar tocar la obra de Dios, sino esperar tres o cinco años hasta aprender esta lección. Todo siervo de Dios tiene que aprender a someter su cuerpo bajo su control. La Biblia nos muestra que un obrero del Señor es como un corredor. Tal vez disfrute mucho de la obra, pero será de poco provecho si su cuerpo no está bajo su control. Servir al Señor no es algo sencillo; no es solamente un asunto de predicar sermones desde un podio. No hay tal cosa. Pablo aquí nos muestra que sólo aquellos que golpean su cuerpo y lo ponen en servidumbre pueden servir al Señor. Si nuestro cuerpo no es capaz de obedecer, necesitamos más entrenamiento de parte del Señor. No pensemos que el hecho de tener cierta aspiración nos hace aptos para servir al Señor. Los obreros de Dios tienen que golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre. Si su cuerpo no les obedece, serán de poca utilidad en la obra.
¿Qué significa poner a nuestro cuerpo en servidumbre? A fin de entender este asunto, primero necesitamos saber cuáles son las demandas propias de nuestro cuerpo. Sólo mencionaremos algunos ejemplos prácticos como el alimento, el vestido, el descanso, el sueño, la comodidad y el cuidado especial en tiempos de enfermedad. Tales cosas son demandas normales de nuestro cuerpo. Hacer que el cuerpo sea nuestro esclavo implica que, mediante largos períodos de golpearlo en nuestra vida normal, lo podemos poner bajo nuestro control cuando tengamos que correr una carrera. Si le exigimos poco a nuestro cuerpo en tiempos normales, nuestras piernas, pies, pulmones y todos los demás órganos no estarán bajo nuestro control en el momento de la carrera, y no podremos cumplir con las exigencias que ésta demanda. Se requieren largos períodos de entrenamiento a fin de hacer que nuestro cuerpo nos obedezca. Sin tal entrenamiento nos será imposible dirigir nuestro cuerpo cuando la demanda del momento la requiera. Si carecemos de este entrenamiento en tiempos ordinarios, y si nunca hemos golpeado o disciplinado nuestro cuerpo, éste no se someterá a nosotros cuando sea el tiempo necesario. Cuando nos dispongamos a trabajar, descubriremos que nuestro cuerpo no nos obedece, y entonces no podremos satisfacer las demandas del cuerpo ni tendremos control sobre él.
No debemos pensar que lo único que necesitamos para ocuparnos en la obra del Señor es tener cierta medida de espiritualidad. No, aún nos falta resolver el asunto de nuestro cuerpo. Pablo nos mostró cuán real es este problema. No estoy hablando de tener un cuerpo sano, sino de si somos el amo de nuestro propio cuerpo o no. ¿Nos obedecerá nuestro cuerpo? Si nuestro cuerpo no nos obedece, no podemos servir a Dios en el evangelio. Esta clase de entrenamiento no puede completarse en poco tiempo. Algunos problemas espirituales se pueden resolver en un instante, pero golpear el cuerpo requiere de tres, cinco o hasta diez años. Aquellos que han desarrollado el hábito de llevar una vida suelta, requieren imponerse mucho más una disciplina más estricta.
Por ejemplo, en circunstancias ordinarias el cuerpo nos demanda dormir. Dormir no es malo ni pecaminoso, y la demanda ciertamente es legítima. Dios ha dividido el día comenzando con la noche a fin de proveer al hombre una oportunidad para descansar. Es correcto que el hombre descanse. Si el hombre no durmiera, ¿cómo podría trabajar? Pero si queremos golpear nuestro cuerpo y hacerlo nuestro esclavo, no debemos insistir en dormir durante los tiempos que se requiera velar. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo. Supongamos que yo programo dormir ocho horas diarias. Es correcto que cuide mi cuerpo de esta manera. Sin embargo, a fin de golpear el cuerpo y hacerlo un esclavo, debo actuar de una manera como si estuviera golpeándome a mí mismo y obligando a mi cuerpo a seguir mis instrucciones. Debo entrenarme hasta tal grado que si decido no dormir hoy, lo pueda cumplir. Cuando el Señor estuvo en el huerto de Getsemaní tomó a tres de Sus discípulos consigo y les dijo: “Velad conmigo”. Al regresar los encontró dormidos y le dijo a Pedro: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:38, 40). El Señor quería que ellos velaran con Él, pero ellos se quedaron dormidos. No pudieron velar con el Señor ni siquiera por una hora. ¿Es incorrecto dormir? No; dormir es legítimo y necesario, pero si el Señor requiere que velemos con Él y no podemos vencer sobre esta necesidad “legítima”, obstaculizaremos Su obra. Si no podemos renunciar a la necesidad legítima de dormir, no podemos servir a Dios. Esto no quiere decir que un siervo de Dios tiene que privarse de dormir noche tras noche. Esa sería una vida de ángel. Nosotros no somos ángeles y requerimos de un buen descanso durmiendo cada noche, pero a fin de aprender a seguir al Señor y a golpear nuestro cuerpo, debemos aprender a renunciar al sueño por una o dos noches cuando sea necesario. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo.
¿Qué significa correr la carrera? ¿Corre una persona todos los días y todos los minutos del día? Andar es algo normal, pero correr es algo extraordinario. Andar es una necesidad diaria; normalmente caminamos a un paso normal. Sin embargo, el correr no es algo que hagamos a diario. En una carrera deportiva tenemos que acelerar el paso. Nuestro cuerpo tiene la capacidad normal de caminar, pero al correr se le requiere al cuerpo un esfuerzo adicional. Cuando corremos, la capacidad normal del cuerpo tiene que ser forzada a alcanzar la medida de una necesidad que es adicional. En tales ocasiones, el cuerpo necesita obedecer. Al correr, el cuerpo requiere una energía adicional además de la que necesita para sus funciones normales. La carrera le impone al cuerpo una demanda adicional. Durante los tiempos normales en que caminamos, la demanda impuesta a nuestro cuerpo no es muy rigurosa, pero dicha demanda se vuelve extenuante cuando el cuerpo tiene que correr. Bajo el mismo principio, en tiempos normales, necesitamos ocho horas de sueño, pero si nuestra obra requiere que un día trabajemos cuatro horas más, debemos estar satisfechos con sólo cuatro horas de sueño. Esto es lo que significa correr la carrera, o sea, significa cumplir con las demandas adicionales. Cuando los tres discípulos fallaron al no permanecer en su vigilia con el Señor, Él les indicó cuál era su problema, al decirles: “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (v. 41). ¿De qué sirve tener un espíritu dispuesto si la carne es débil? Tener un espíritu dispuesto y una carne dormilona, viene a ser lo mismo que tener un espíritu indispuesto y una carne dormilona. Ambos no sirven para nada. No es suficiente con tener un espíritu que esté dispuesto; el cuerpo también tiene que estar dispuesto. Si el cuerpo no está dispuesto e insiste en dormir, no es realmente un esclavo, y si el cuerpo no es un esclavo, sería en vano decir que el espíritu está dispuesto. No queremos decir con esto que el cuerpo sea la fuente del pecado o que sea un estorbo. Lo que queremos decir es que, por causa del servicio del Señor, en ocasiones hay demandas adicionales sobre nuestro cuerpo, y éste tiene que responder y cumplir con ellas. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo. Debemos entrenar a nuestro cuerpo, no sólo para que cumpla con las exigencias normales, sino para que tenga un suministro adicional para cuando surja alguna demanda adicional.
Cuando el Señor estuvo en la tierra, Nicodemo vino a Él de noche. El Señor lo recibió a tal hora sin sucumbir al cansancio. En varias ocasiones Él pasó noches enteras en oración. Todas estas actividades interfirieron con su sueño. No estamos recomendando que los hijos de Dios se hagan el hábito de pasar noches enteras en la oración, pero si alguien quiere servir al Señor, sería una vergüenza si nunca ha invertido toda una noche orando. Por lo general, no es correcto tomar horas de la noche para la oración. No se acostumbre a hacer eso, porque estaría yendo en la dirección equivocada, pero sería algo extraño servir a Dios por diez o veinte años y nunca haber pasado toda una noche orando. No estamos recomendando ir a los extremos. No le estamos diciendo a la gente que siempre debe orar toda la noche, porque tener el hábito de orar toda la noche no es saludable para nuestro cuerpo ni para nuestra mente. No estamos de acuerdo con aquellos que no oran durante el día y quieren hacerlo durante sus horas de sueño por la noche; eso no es normal. Pero si un obrero del Señor nunca ha sacrificado su sueño por causa de la oración, también hay algo que está mal en él.
Competir en una carrera no es algo de todos los días, pero ejercitarse sí lo es. Debemos ejercitarnos hasta lograr que nuestro cuerpo jamás se rebele, sino que más bien siempre se someta a nosotros. Si nunca nos hemos ejercitado de esta manera y nuestro cuerpo nunca ha sido puesto bajo nuestro control, entonces el sueño será una prioridad aun cuando lo que determinemos sea trabajar. El sueño se convertirá en nuestro amo. Estaremos dispuestos a hacer cualquier cosa siempre y cuando nadie interfiera en nuestro tiempo para dormir. Pero tan pronto como otros se meten con nuestro sueño, somos incapaces de hacer nada. Es imperativo que el siervo de Dios se ejercite con miras a poner su cuerpo bajo servidumbre. Lo que implica es que cuando el Señor tenga una necesidad o demanda, o cuando las circunstancias lo ameriten, seamos capaces de hacer a un lado temporalmente los reclamos de nuestro cuerpo; esto es poner nuestro cuerpo bajo servidumbre. Tenemos que ser capaces de controlar nuestro cuerpo para que cumpla con ese esfuerzo adicional; tenemos que ignorar sus necesidades básicas y ponerlo bajo nuestro control y gobierno. Si no somos capaces de hacer esto, quiere decir que nos amamos demasiado a nosotros mismos y somos inútiles en la obra del Señor.
El mismo principio se aplica al asunto de comer. En muchas ocasiones nuestro Señor no comía por causa de Su obra. Para Él la comida no era una prioridad, pero esto no quiere decir que nuestro Señor nunca comía. Él comía en circunstancias normales, pero cuando surgía una necesidad Él podía dejar de comer. Esto es poner el cuerpo bajo sujeción. No debemos depender de la comida al grado que tengamos que detener nuestra obra cada vez que sintamos hambre. Lamentablemente, en la obra del Señor hay muchos que no pueden funcionar sin comida. Indudablemente necesitamos alimentarnos y debemos cuidar de nuestro cuerpo físico, pero también debemos entrenarlo a privarnos del alimento cuando ciertas circunstancias especiales así lo exijan. Recordemos la ocasión cuando el Señor se sentó a descansar al medio día frente al pozo de Jacob, mientras los discípulos fueron a la ciudad a comprar comida. Una mujer samaritana vino a sacar agua y el Señor le pidió de beber. Él a la vez le habló acerca del agua viva. Finalmente, ella no le dio nada de beber. Era el mediodía, la hora de comer y beber algo, pero el Señor pacientemente le explicó la palabra de vida y el significado del agua viva a esta mujer samaritana, que estaba espiritualmente sedienta y sufrida (Juan 4:5-26). Esto nos muestra que podemos llevar a cabo la obra de Dios sin tener que interrumpirla para comer. Si llegamos a cierto lugar y no podemos hacer nada hasta haber comido, quiere decir que nuestro cuerpo no está a nuestro servicio como debiera.
Ciertamente no debemos irnos al extremo y privarnos del alimento todo el tiempo, pero cuando surjan demandas especiales, debemos ser capaces de pasar por alto la comida. El pan no es lo más importante. Debemos ser amos de nuestro cuerpo. Cuando sea necesario pasar por alto una comida, nuestro cuerpo debe obedecernos. No debemos dejarnos vencer por los insistentes reclamos de nuestro cuerpo pidiendo comida. Esto es lo que quiere decir someter nuestro cuerpo bajo servidumbre.
En Marcos 3, el Señor estaba rodeado por tal multitud que no tenía tiempo ni para comer. Sus familiares reaccionaron a esto buscando la manera de rescatarlo de entre la multitud, porque decían: “está fuera de Sí” (vs. 20-21). Sin embargo, el Señor continuó con Su obra. Él no estaba fuera de Sí, sino que estuvo dispuesto a olvidarse de comer y beber por causa de la obra, a fin de satisfacer las apremiantes necesidades de la multitud. Si nosotros no somos capaces de hacer a un lado nuestras propias necesidades cuando la obra demande urgentemente nuestra atención, nuestra obra no será muy efectiva. En tiempos críticos, tenemos que esforzarnos más e incluso llegar a los extremos estando en cierto modo fuera de sí. Cuando la necesidad así lo exija, debemos ser capaces de dominar nuestro cuerpo e ignorar las demandas de comida y bebida. No debemos considerar esas demandas como obligatorias.
La Biblia establece claramente que los cristianos deben ayunar cuando la ocasión lo amerite. Ayunar consiste en renunciar temporalmente a la necesidad legítima de nuestro cuerpo. En ciertas ocasiones, surge una necesidad especial que nos demanda orar seriamente. En tales circunstancias, debemos ayunar delante del Señor. No recomendamos ayunar tres o cinco veces a la semana, pero si alguien ha sido cristiano por ocho o diez años y nunca ha ayunado ni siquiera una vez, algo no está bien con él. El Señor habló acerca del ayuno en Su enseñanza en el monte. Si nunca hemos ayunado, nos falta algo en nuestra experiencia. El propósito del ayuno es poner nuestro cuerpo bajo servidumbre.
Otra exigencia del cuerpo es la comodidad. No nos atrevemos a afirmar que es incorrecto que un obrero tenga cierta medida de comodidad en su vivir, pero cuando su obra le demande que se sacrifique un poco, su cuerpo no debe ignorar este llamado a trabajar debido a que ciertas comodidades a las que su cuerpo está acostumbrado no están presentes. Si nuestro cuerpo no está dispuesto a renunciar a dicha demanda, no somos aptos para trabajar por el Señor. Algunos hermanos y hermanas se mudan muy seguido, no porque el Señor se los pida sino porque están descontentos e incómodos donde viven. Podríamos decir que la comodidad ha llegado a ser su estilo de vida; la comodidad los maneja a su antojo. Tales personas no pueden ser de mucho uso en la mano del Señor. Los siervos de Dios deben aprender a darle gracias cuando la disciplina del Espíritu les provea buenas condiciones y cuando el Señor les provea todo lo necesario. Pero cuando la provisión no llegue y sean despojados del bienestar y la comodidad, en esos casos deben ejercer control sobre sus cuerpos y continuar con su obra. No estamos a favor de los extremos. Puede ser que bajo circunstancias normales disfrutemos de mejores condiciones. Pero cuando la necesidad del Señor lo amerite, debemos ser capaces de sobrellevar lo que otros no pueden. Algunos hermanos y hermanas sólo están dispuestos a llevar una vida cómoda; pero se sienten acabados tan pronto como su nivel de vida baja un poco. Tales personas son de poco uso para el Señor. A fin de correr la carrera, tenemos que poner a nuestro cuerpo bajo servidumbre. Tenemos que ser capaces de vivir bajo cualquier circunstancia. Poner nuestro cuerpo bajo servidumbre significa que no somos afectados por ninguna circunstancia cuando la obra requiera nuestra atención; significa que somos capaces de llevar a cabo nuestra obra aún cuando tengamos que vivir en un nivel muy bajo. Si no podemos hacer esto, tan pronto nuestras circunstancias bajen del nivel al que estamos acostumbrados, abandonaremos la obra. Esto no quiere decir que aquellos que tienen menos sean capaces de resistir condiciones más restringidas. Muchos hermanos pobres se derrumban tan pronto como les sobrevienen circunstancias inferiores a las que están acostumbradas. Ellos se aman demasiado a sí mismos y nunca han puesto su cuerpo en servidumbre.
Otro ejemplo es la ropa. En tanto que comamos lo necesario y tengamos con qué cubrirnos, no debemos darle demasiada importancia al asunto del vestido. Juan el Bautista fue una persona que le dio poca importancia a la manera de vestir. El Señor Jesús dijo que si alguien buscaba a una persona vestida con elegancia, la buscaran en el palacio y no miraran a Juan. Lamentablemente, algunos cristianos han puesto una norma muy alta en el vestir y no pueden avanzar si no mantienen dicha norma. Es cierto que vestirnos con harapos no glorifica a Dios; los harapos no son dignos de Él. Nosotros debemos, hasta donde sea posible, vestir de una manera limpia, arreglada y apropiada. No obstante, cuando sea necesario debemos ser como Pablo, quien, aunque pasó hambre, sed y desnudez, continuó sirviendo al Señor (1 Corintios 4:11). Si los siervos de Dios se ejercitan durante los tiempos ordinarios, su cuerpo estará siempre bajo su control y su obra en el Señor no será afectada por un asunto como el vestido.
Un ejemplo más es la enfermedad. En tiempos de enfermedad o debilidad, el cuerpo reclama mayores atenciones de lo normal. Muchos obreros del Señor se aman tanto a sí mismos que se excusan y se ausentan de la obra apenas se sienten levemente enfermos. ¿Cómo hubiera podido Pablo escribir sus epístolas si se hubiera detenido porque le dolían sus ojos? Por lo menos no hubiera escrito el libro de Gálatas, pues ese libro fue escrito en un tiempo en que su vista estaba muy débil. Por esto dijo: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano” (6:11). Si Pablo hubiera tenido que esperar a que su vista mejorara para entonces hacer sus tiendas de campaña, nunca las habría hecho, porque se requiere de buena vista para fabricarlas. Sin embargo, él trabajaba durante el día y hacía tiendas durante la noche. Él no se detuvo por causa de sus ojos. Si Timoteo hubiera esperado hasta estar bien de su estómago para seguir adelante con su obra, no hubiera habido nadie que continuara con el ministerio de Pablo, porque su estómago nunca estuvo realmente sano. Por un lado, es necesario que tengamos un cuidado razonable de nuestro cuerpo, pero por otro lado, cuando la obra requiera que nos sacrifiquemos un poco, nunca debemos escatimarnos. Cuando la obra lo demande, debemos hacer a un lado incluso nuestra enfermedad y cuidar principalmente lo que demanda la obra. Ciertamente la enfermedad requiere descanso, pero cuando la obra requiera sacrificio, aun enfermos tenemos que responder. Tenemos que golpear nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre. Este es un requisito básico en la obra. Si no somos capaces de dominar nuestro cuerpo, ¿con qué recursos vamos a dedicarnos a la obra? Si un siervo del Señor está seriamente enfermo y el Señor no ha impuesto una carga especial sobre él, está bien que se cuide para sanarse de su enfermedad; la iglesia y los demás colaboradores deben saber qué hacer con él. Pero si surge una necesidad en la obra y la carga del Señor es clara, él no debe permitir que su enfermedad lo mantenga atado. En ocasiones no hay tiempo para enfermarse; entonces debemos poner a un lado temporalmente el cuidado de nuestras enfermedades. Esta es una lección que todos tenemos que aprender.
Este principio es válido no sólo en la enfermedad sino en el dolor en general. En ocasiones, podemos experimentar tanto dolor físico que sentimos que nuestro cuerpo ya no puede soportar más tormento. En tiempos normales debemos proveerle a nuestro cuerpo el descanso y la terapia apropiadas, cuidando de sus necesidades. Sin embargo, cuando la obra del Señor demande y exija que hagamos algo, simplemente tenemos que llevarlo a cabo a pesar de nuestro dolor. Nuestro cuerpo siempre debe obedecernos. En tiempos así, tenemos que poner los ojos en el Señor y decirle: “¡Señor, mi cuerpo tiene que someterse una vez más!. ¡No puedo atender su necesidad esta vez!”.
Este principio debe ser igualmente aplicado a los deseos sexuales. No es obligatorio satisfacer nuestra necesidad de sexo. Debemos aprender a darle la prioridad al servicio del Señor sobre cualquier otra cosa.
Consideremos la historia de Pablo. En 1 Corintios 4:11-13 él dijo: “Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y andamos sin donde morar. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y exhortamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todas las cosas”. Por favor presten atención a las palabras del versículo 11: “hasta esta hora”. Esto significa que tales condiciones aún estaban presentes en el momento en que él estaba hablando. Esto nos muestra que el cuerpo de Pablo estaba bajo su control todo el tiempo. Él no permitía que nada impidiera su servicio al Señor. En el capítulo 6 de esta misma Epístola, desde el versículo 12 hasta el final, él se refirió a dos asuntos: el alimento y el sexo; y puso bien en claro que no somos siervos de nuestro cuerpo. Ya sea en el asunto del alimento como en el del sexo, no tenemos por qué ser esclavos de nuestro cuerpo. En el capítulo 7 él muestra claramente que no tenemos por qué ser esclavos del cuerpo en el asunto del sexo, y en el capítulo 8 él muestra que no tenemos por qué ser esclavos del cuerpo en el asunto del alimento. ¿Qué significa entonces golpear el cuerpo y ponerlo en servidumbre? Significa que abofeteamos nuestro cuerpo y le “golpeamos”, hasta el grado de que esté totalmente bajo nuestro control. Hermanos y hermanas, en nuestra labor y servicio para el Señor, a menudo tendremos que restringir las demandas del cuerpo. Cuando surge una necesidad en la obra y se requiere que neguemos los deseos de nuestro cuerpo, ¿somos lo suficientemente fuertes para negarle su derecho? Ciertamente, todos los apetitos humanos fueron creados por Dios y dados por Él. No hay nada malo con las demandas legítimas del cuerpo, pero, ¿algunas de estas demandas nos impiden servir a nuestro Señor?
Ni por un momento debemos pensar que podemos relajarnos y soltar las riendas que controlan las demandas de nuestro cuerpo. Tenemos que entender la diferencia entre ser sabios y ser sueltos al cuidar de las necesidades de nuestro cuerpo. Tenemos que ser inteligentes en cuanto al cuidado de nuestro cuerpo, pero a la vez, tenemos que ejercer un completo control sobre éste. Golpear el cuerpo no significa que debamos pasar hambre todo el tiempo; más bien, significa que podemos seguir adelante sin comida aun cuando nuestro estómago esté vacío, y al mismo tiempo, todavía debemos cuidar de nuestro cuerpo. Sin embargo, si usted está involucrado en la obra de Dios pero es inflexible con su alimentación, no podrá seguir adelante tan pronto la dieta baje de su estándar acostumbrado. No estamos a favor del ascetismo ni estamos de acuerdo con la filosofía que enseña que el cuerpo es la fuente del pecado. Reconocemos que Dios mismo creó en nosotros las necesidades físicas. Admitimos que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Pero en ningún momento estamos obligados a someternos a los reclamos del cuerpo. Esto no significa que todo el tiempo tenemos que carecer de vestido, comida y sueño. Debemos hacer todo lo posible por vestirnos, alimentarnos y descansar apropiadamente. La manera en que nos alimentamos puede ser el resultado de golpear nuestro cuerpo o puede ser el resultado de no golpearlo; ambas cosas son enteramente diferentes. En la actualidad, el problema es que muchos hermanos y hermanas son muy descuidados en cuanto a sus cuerpos. Si no ejercemos un control estricto sobre nuestro cuerpo, tan pronto como enfrentemos un problema en nuestra obra, murmuraremos, nos quejaremos o renunciaremos. Tenemos que ejercer entereza delante del Señor. Debemos decir: “Señor, mis problemas nunca podrán compararse con los que Tú enfrentaste cuando peregrinaste en la tierra”. El Señor bajó desde el lugar más alto y descendió hasta el lugar más profundo. Hoy, nosotros no hemos bajado desde esa altura ni hemos descendido a esa profundidad. Debemos decir: “Señor, nunca podremos igualar lo que Tú has hecho”. Tenemos que aprender a aceptar todas las restricciones impuestas sobre nuestro cuerpo.
Algunos han permitido que su cuerpo se conduzca sin ninguna restricción por largo tiempo. Ellos necesitan más tiempo para aprender las lecciones apropiadas. Esperamos que puedan ser útiles en la obra en un corto lapso, pero si no resuelven sus problemas y no pueden vencerlos, no podrán participar en la obra de Dios. Aquellos que nunca han golpeado su cuerpo ni lo han hecho su esclavo se quedarán atrás tan pronto sean puestos en una carrera. Tenemos que recordar que el trabajo del evangelio es como una carrera. Si nunca nos hemos ejercitado y nuestro cuerpo nunca ha estado bajo nuestro control, fracasaremos y no podremos correr cuando Dios ponga demandas adicionales sobre nosotros. Correr es una demanda extraordinaria que uno le impone a su cuerpo. Nunca debemos ser sueltos con nuestro propio cuerpo. Todos los grandes siervos del Señor han estado bajo el dominio estricto del Señor; todos ellos han ejercido un control estricto sobre su propio cuerpo. Si no gobernamos nuestro cuerpo, fracasaremos tan pronto como se nos impongan retos adicionales. Todas las obras extraordinarias y valiosas se llevan a cabo bajo demandas extraordinarias. Si no podemos trabajar bajo demandas extraordinarias, ¿en qué forma podríamos ser útiles? No debemos ser dejados con nuestro cuerpo ni debemos permitirle que se relaje. Tenemos que asir las riendas de nuestro cuerpo fuertemente y ponerlo bajo un estricto control, para que cuando se le requiera, podamos ser capaces de renunciar al sueño, a la comida o a las comodidades. Tenemos que perseverar en la obra e insistir que nuestro cuerpo sea hecho nuestro esclavo. Nuestro cuerpo debe estar presente en la obra y tiene que someterse a nosotros aun cuando esté enfermo o debilitado.
Pablo dijo: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano” (Gálatas 6:11). Él estaba haciendo más de lo que su capacidad le permitía. En este pasaje podemos percibir el sentimiento de nuestro hermano; él se estaba forzando a hacer lo que no podía hacer. De esta manera es cómo se ha expresado el Espíritu a través de los siglos. Si en tiempos normales un siervo de Dios goza de buena salud, no enfrenta dificultades, duerme bien y come bien; y aun con esto, cuando surge alguna necesidad su cuerpo no coopera, él no es un siervo útil al Señor. Pablo dijo: “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. En otras palabras, él temía que mientras otros recibían el evangelio por medio de su predicación, él mismo perdiera el premio y la distinción del reconocimiento del Señor: “Bien, esclavo bueno y fiel”. Recuerden que aquel que se ama a sí mismo no puede servir a Dios. Aquellos que son sueltos en su vivir y que no son capaces de disciplinarse estrictamente a sí mismos, no son aptos para servir a Dios. Si queremos aprender a servir al Señor, tenemos que ejercitarnos y ejercer dominio sobre nosotros mismos, para que cada día podamos regir sobre nosotros mismos.
Si nuestro amor por el Señor es suficientemente fuerte, las exigencias de nuestro cuerpo no nos apartarán de Él. Si nuestro espíritu es lo suficientemente fuerte, no permitiremos que nuestra carne permanezca en debilidad. Cuando la vida de resurrección se multiplique en nosotros, ésta le infundirá vida a nuestro cuerpo mortal. Tenemos que avanzar hasta que nuestro cuerpo ya no sea más una frustración, sino que nos obedezca y nos obedezca sólo a nosotros. Cuando esto se cumpla, seremos aptos para servir al Señor en forma eficaz.
En 1 Corintios 9:23-27 dice: “Todo lo hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él. ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corred así, para ganar. Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera lucho en el pugilato, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”.
El versículo 23 declara: “Todo lo hago por causa del evangelio”. Esto comprueba que este pasaje alude al camino que debe tomar un predicador del evangelio, o sea, un siervo del Señor. El versículo 27 añade: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre”. Este es un requisito básico que el siervo de Dios se impone a sí mismo. Los versículos del 24 al 26 nos muestran cómo Pablo golpeaba su cuerpo y lo hacía su esclavo.
Quiero aclarar también que cuando Pablo hablaba de golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre, no estaba de acuerdo de ninguna manera con el ascetismo, ni estaba de acuerdo con los que, bajo la influencia del ascetismo, enseñan que nuestro cuerpo es un estorbo, el cual debemos tratar de deshacernos. Los ascetas creen que el cuerpo es la fuente del pecado y que para resolver este problema uno tiene que tratarlo severamente, pero la Biblia no enseña que el cuerpo sea un estorbo, y mucho menos que sea una fuente de pecado. Más bien, nos dice que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo (6:19) y que el día viene cuando nuestro cuerpo será redimido y glorificado. Cuando hablamos de “golpear el cuerpo”, jamás debemos pensar en esa enseñanza del ascetismo. Si introducimos tal pensamiento en el cristianismo estaríamos creando otra religión. Esto no es lo que predicamos. Repudiamos la idea de que el cuerpo sea un estorbo o la fuente del pecado. Ciertamente reconocemos que el cuerpo nos puede llevar a pecar, pero no por eso decimos que el cuerpo sea la fuente del pecado. No importa cuán drásticamente tratemos con nuestro cuerpo, aún podemos pecar.
En 1 Corintios 9 Pablo confronta a los obreros cristianos en cuanto al problema de sus cuerpos. El versículo 23 dice: “Todo lo hago por causa del evangelio”. Esto significa que cuando él habló esta palabra, lo hizo asumiendo la posición de un predicador del evangelio. ¿Qué es lo que Pablo hacía por causa del evangelio? Los versículos del 24 al 26 nos lo muestran. En el versículo 27 Pablo señala que lo que él hacía era golpear su cuerpo. De acuerdo con el texto griego, la palabra golpear significa “abofetear en la cara hasta hacer un moretón”. Golpear nuestro cuerpo y hacerlo un esclavo significa ponerlo en servidumbre y “golpearlo” tanto que obedientemente se vuelve nuestro esclavo, cediendo a la voluntad del predicador del evangelio. (Por supuesto, esto no significa golpear literalmente nuestro cuerpo físico, de acuerdo con la expresión: “duro trato del cuerpo” mencionada en Colosenses 2:23). Pablo dijo que él hacía esto debido a que: “no sea que habiendo yo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. Esto nos muestra que golpear el cuerpo y ponerlo en servidumbre es la manera básica en la que todo siervo de Dios debe vivir. Todo siervo de Dios debe andar conforme a esta norma básica: su cuerpo tiene que ser sometido a servidumbre. Si su cuerpo no es sometido a esclavitud, no puede servir a Dios. ¿Cómo resolvió Pablo el problema de su cuerpo? Golpeándolo y poniéndolo en servidumbre. El versículo 27 nos presenta el tema, y los versículos del 24 al 26 nos dan la explicación de dicho tema, ya que en tales versículos vemos cómo Pablo golpeaba su cuerpo, lo cual él declaró en el versículo 27. Ahora, consideremos este pasaje punto por punto.
El versículo 24 dice: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren?”. Para mostrarnos este asunto Pablo usó el ejemplo de un corredor que participa en una carrera. El servicio al Señor y la labor que un cristiano efectúa para su Amo pueden compararse con una carrera. Todos estamos participando en esta carrera, esto es obligatorio. Nadie está exonerado. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo recibe el premio? Corred así, para ganar”. Sólo uno de los corredores recibe el premio. Pero en nuestro caso, si todos corremos, todos recibiremos el premio. Esta es la diferencia entre una carrera deportiva y nuestra carrera. Pablo usó el ejemplo de una carrera, y tal ejemplo nos conduce al versículo 25.
El versículo 25 dice: “Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio”. Este es el punto que Pablo recalca: a fin de competir, es necesario pasar por un entrenamiento. Se tiene que ejercer dominio propio en todo. El atleta no puede comer lo que desee ni dejar de comer como desee. No puede dormir todo lo que desee ni desvelarse a su gusto. Todos los atletas que compiten en los juegos llevan una disciplina muy estricta durante su entrenamiento. Son disciplinados estrictamente en cuanto a su dieta y su horario de descanso. Antes de iniciar la competencia, tienen que seguir normas estrictas, tales como no beber ni fumar, y una vez que comienzan a competir tienen que seguir reglas aún más estrictas. Por esto el versículo 25 dice que todo aquel que compite, en todo ejerce dominio propio. Algunos pueden pensar que es difícil dejar de fumar, beber o practicar sus pasatiempos favoritos, pero cuando un deportista se prepara para una carrera, tiene que ejercer un control sumamente estricto sobre su propio cuerpo. “Todo aquel que compite en los juegos, en todo ejerce dominio propio”. ¿Cuáles son las cosas en las que tiene que ejercer dominio propio? Tiene que ejercer dominio propio en las demandas que su cuerpo le hace. No puede permitir que su cuerpo le haga demandas ni puede darle demasiada libertad. Debe reservar su cuerpo para una sola cosa: correr la carrera. Su cuerpo no es para comer, arreglarse, fumar, beber ni dormir, sino para correr. Muchos corredores tienen que abstenerse de comidas dulces o las que contengan mucho almidón. Esto no quiere decir que éstas sean dañinas o inútiles, sino que se abstiene de ellas porque no lo ayudan en su carrera. Para ser un corredor, uno tiene que ejercer dominio propio en todo. El versículo 27 habla de golpear el cuerpo, y es aquí, en este versículo, que el cuerpo es introducido en la discusión. El cuerpo tiene que estar bajo control, tiene que obedecer. Todas las facultades del cuerpo son reservadas para una sola cosa: correr, y correr de tal manera que lo lleve a obtener el primer premio.
El versículo 25 continúa: “Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”. Los corredores ejercen mucho dominio propio para obtener una corona corruptible. Pero nosotros que vamos en pos de una corona incorruptible, ¿no creen que deberíamos ejercer mucho más dominio propio? La corona corruptible hace referencia a las guirnaldas de flores de los griegos, que se marchitaban a los tres o cinco días. Un corredor tenía que someterse a largos períodos de entrenamiento a fin de tener la oportunidad de ganar tal corona corruptible. Pablo dijo: “Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”. Debemos prestarle atención a la comparación de Pablo. Los corredores griegos corrían en la pista de carreras, mientras que nosotros corremos en el mundo. Su carrera consistía en ejercitar su cuerpo, mientras que nuestra carrera es nuestro servicio a Dios. En aquella carrera, sólo uno recibía el premio, pero en nuestra carrera, todos podemos recibirlo. Su premio era una corona corruptible, pero el nuestro es una corona incorruptible. Estos son diferentes contrastes de estas carreras. Sin embargo, una cosa es cierta en ambas: se tiene que ejercer dominio propio en todo. En ambos casos se requiere el dominio propio. Ellos ejercieron dominio propio para ganar en una carrera; nosotros lo ejercemos para predicar el evangelio. Puede ser que las metas sean muy diferentes, pero la disciplina impuesta al cuerpo es igual. Ellos tenían que ejercer dominio propio para correr la carrera y, como cristianos, nosotros también tenemos que ejercer dominio propio en nuestra vida cristiana.
El versículo 26 dice: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera lucho en el pugilato, no como quien golpea el aire”. Esto significa que Pablo no estaba corriendo sin tener una meta; él sabía hacia dónde iba. Él dice que golpeaba su cuerpo. Esto quiere decir que al boxear él no golpeaba al aire, sino que golpeaba su propio cuerpo. Debemos considerar el versículo 26 junto con el versículo 27. El primero nos dice que Pablo no carecía de meta. No corría en cualquier dirección según otros le señalaban, sino que corría con una dirección definida. Tampoco, cuando golpeaba, lo hacía al aire. Luego en el versículo 27, él inmediatamente indica que estaba golpeando su cuerpo. Le estaba pegando a su propio cuerpo. Anteriormente señalamos que golpear significa pegar, dejar moretones en todo el cuerpo. No es un golpe ordinario, sino una golpiza severa. Los golpes comunes no producen moretones. Pablo trató con su propio cuerpo de una manera dura para que éste llegara a estar bajo su control. Lo hizo para que su cuerpo fuera su esclavo. Esto significa que no permitiría que su cuerpo fuera indulgente; antes bien, lo puso bajo su control.
La meta de tal ejercicio es hacer que el cuerpo sea un esclavo, y el medio para hacerlo es golpearlo. Golpeamos nuestro cuerpo a fin de que éste pueda ser nuestro esclavo. Hermanos y hermanas, si no vencemos en este asunto, sería mejor ni siquiera intentar tocar la obra de Dios, sino esperar tres o cinco años hasta aprender esta lección. Todo siervo de Dios tiene que aprender a someter su cuerpo bajo su control. La Biblia nos muestra que un obrero del Señor es como un corredor. Tal vez disfrute mucho de la obra, pero será de poco provecho si su cuerpo no está bajo su control. Servir al Señor no es algo sencillo; no es solamente un asunto de predicar sermones desde un podio. No hay tal cosa. Pablo aquí nos muestra que sólo aquellos que golpean su cuerpo y lo ponen en servidumbre pueden servir al Señor. Si nuestro cuerpo no es capaz de obedecer, necesitamos más entrenamiento de parte del Señor. No pensemos que el hecho de tener cierta aspiración nos hace aptos para servir al Señor. Los obreros de Dios tienen que golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre. Si su cuerpo no les obedece, serán de poca utilidad en la obra.
¿Qué significa poner a nuestro cuerpo en servidumbre? A fin de entender este asunto, primero necesitamos saber cuáles son las demandas propias de nuestro cuerpo. Sólo mencionaremos algunos ejemplos prácticos como el alimento, el vestido, el descanso, el sueño, la comodidad y el cuidado especial en tiempos de enfermedad. Tales cosas son demandas normales de nuestro cuerpo. Hacer que el cuerpo sea nuestro esclavo implica que, mediante largos períodos de golpearlo en nuestra vida normal, lo podemos poner bajo nuestro control cuando tengamos que correr una carrera. Si le exigimos poco a nuestro cuerpo en tiempos normales, nuestras piernas, pies, pulmones y todos los demás órganos no estarán bajo nuestro control en el momento de la carrera, y no podremos cumplir con las exigencias que ésta demanda. Se requieren largos períodos de entrenamiento a fin de hacer que nuestro cuerpo nos obedezca. Sin tal entrenamiento nos será imposible dirigir nuestro cuerpo cuando la demanda del momento la requiera. Si carecemos de este entrenamiento en tiempos ordinarios, y si nunca hemos golpeado o disciplinado nuestro cuerpo, éste no se someterá a nosotros cuando sea el tiempo necesario. Cuando nos dispongamos a trabajar, descubriremos que nuestro cuerpo no nos obedece, y entonces no podremos satisfacer las demandas del cuerpo ni tendremos control sobre él.
No debemos pensar que lo único que necesitamos para ocuparnos en la obra del Señor es tener cierta medida de espiritualidad. No, aún nos falta resolver el asunto de nuestro cuerpo. Pablo nos mostró cuán real es este problema. No estoy hablando de tener un cuerpo sano, sino de si somos el amo de nuestro propio cuerpo o no. ¿Nos obedecerá nuestro cuerpo? Si nuestro cuerpo no nos obedece, no podemos servir a Dios en el evangelio. Esta clase de entrenamiento no puede completarse en poco tiempo. Algunos problemas espirituales se pueden resolver en un instante, pero golpear el cuerpo requiere de tres, cinco o hasta diez años. Aquellos que han desarrollado el hábito de llevar una vida suelta, requieren imponerse mucho más una disciplina más estricta.
Por ejemplo, en circunstancias ordinarias el cuerpo nos demanda dormir. Dormir no es malo ni pecaminoso, y la demanda ciertamente es legítima. Dios ha dividido el día comenzando con la noche a fin de proveer al hombre una oportunidad para descansar. Es correcto que el hombre descanse. Si el hombre no durmiera, ¿cómo podría trabajar? Pero si queremos golpear nuestro cuerpo y hacerlo nuestro esclavo, no debemos insistir en dormir durante los tiempos que se requiera velar. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo. Supongamos que yo programo dormir ocho horas diarias. Es correcto que cuide mi cuerpo de esta manera. Sin embargo, a fin de golpear el cuerpo y hacerlo un esclavo, debo actuar de una manera como si estuviera golpeándome a mí mismo y obligando a mi cuerpo a seguir mis instrucciones. Debo entrenarme hasta tal grado que si decido no dormir hoy, lo pueda cumplir. Cuando el Señor estuvo en el huerto de Getsemaní tomó a tres de Sus discípulos consigo y les dijo: “Velad conmigo”. Al regresar los encontró dormidos y le dijo a Pedro: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:38, 40). El Señor quería que ellos velaran con Él, pero ellos se quedaron dormidos. No pudieron velar con el Señor ni siquiera por una hora. ¿Es incorrecto dormir? No; dormir es legítimo y necesario, pero si el Señor requiere que velemos con Él y no podemos vencer sobre esta necesidad “legítima”, obstaculizaremos Su obra. Si no podemos renunciar a la necesidad legítima de dormir, no podemos servir a Dios. Esto no quiere decir que un siervo de Dios tiene que privarse de dormir noche tras noche. Esa sería una vida de ángel. Nosotros no somos ángeles y requerimos de un buen descanso durmiendo cada noche, pero a fin de aprender a seguir al Señor y a golpear nuestro cuerpo, debemos aprender a renunciar al sueño por una o dos noches cuando sea necesario. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo.
¿Qué significa correr la carrera? ¿Corre una persona todos los días y todos los minutos del día? Andar es algo normal, pero correr es algo extraordinario. Andar es una necesidad diaria; normalmente caminamos a un paso normal. Sin embargo, el correr no es algo que hagamos a diario. En una carrera deportiva tenemos que acelerar el paso. Nuestro cuerpo tiene la capacidad normal de caminar, pero al correr se le requiere al cuerpo un esfuerzo adicional. Cuando corremos, la capacidad normal del cuerpo tiene que ser forzada a alcanzar la medida de una necesidad que es adicional. En tales ocasiones, el cuerpo necesita obedecer. Al correr, el cuerpo requiere una energía adicional además de la que necesita para sus funciones normales. La carrera le impone al cuerpo una demanda adicional. Durante los tiempos normales en que caminamos, la demanda impuesta a nuestro cuerpo no es muy rigurosa, pero dicha demanda se vuelve extenuante cuando el cuerpo tiene que correr. Bajo el mismo principio, en tiempos normales, necesitamos ocho horas de sueño, pero si nuestra obra requiere que un día trabajemos cuatro horas más, debemos estar satisfechos con sólo cuatro horas de sueño. Esto es lo que significa correr la carrera, o sea, significa cumplir con las demandas adicionales. Cuando los tres discípulos fallaron al no permanecer en su vigilia con el Señor, Él les indicó cuál era su problema, al decirles: “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (v. 41). ¿De qué sirve tener un espíritu dispuesto si la carne es débil? Tener un espíritu dispuesto y una carne dormilona, viene a ser lo mismo que tener un espíritu indispuesto y una carne dormilona. Ambos no sirven para nada. No es suficiente con tener un espíritu que esté dispuesto; el cuerpo también tiene que estar dispuesto. Si el cuerpo no está dispuesto e insiste en dormir, no es realmente un esclavo, y si el cuerpo no es un esclavo, sería en vano decir que el espíritu está dispuesto. No queremos decir con esto que el cuerpo sea la fuente del pecado o que sea un estorbo. Lo que queremos decir es que, por causa del servicio del Señor, en ocasiones hay demandas adicionales sobre nuestro cuerpo, y éste tiene que responder y cumplir con ellas. Esto es lo que significa hacer de nuestro cuerpo un esclavo. Debemos entrenar a nuestro cuerpo, no sólo para que cumpla con las exigencias normales, sino para que tenga un suministro adicional para cuando surja alguna demanda adicional.
Cuando el Señor estuvo en la tierra, Nicodemo vino a Él de noche. El Señor lo recibió a tal hora sin sucumbir al cansancio. En varias ocasiones Él pasó noches enteras en oración. Todas estas actividades interfirieron con su sueño. No estamos recomendando que los hijos de Dios se hagan el hábito de pasar noches enteras en la oración, pero si alguien quiere servir al Señor, sería una vergüenza si nunca ha invertido toda una noche orando. Por lo general, no es correcto tomar horas de la noche para la oración. No se acostumbre a hacer eso, porque estaría yendo en la dirección equivocada, pero sería algo extraño servir a Dios por diez o veinte años y nunca haber pasado toda una noche orando. No estamos recomendando ir a los extremos. No le estamos diciendo a la gente que siempre debe orar toda la noche, porque tener el hábito de orar toda la noche no es saludable para nuestro cuerpo ni para nuestra mente. No estamos de acuerdo con aquellos que no oran durante el día y quieren hacerlo durante sus horas de sueño por la noche; eso no es normal. Pero si un obrero del Señor nunca ha sacrificado su sueño por causa de la oración, también hay algo que está mal en él.
Competir en una carrera no es algo de todos los días, pero ejercitarse sí lo es. Debemos ejercitarnos hasta lograr que nuestro cuerpo jamás se rebele, sino que más bien siempre se someta a nosotros. Si nunca nos hemos ejercitado de esta manera y nuestro cuerpo nunca ha sido puesto bajo nuestro control, entonces el sueño será una prioridad aun cuando lo que determinemos sea trabajar. El sueño se convertirá en nuestro amo. Estaremos dispuestos a hacer cualquier cosa siempre y cuando nadie interfiera en nuestro tiempo para dormir. Pero tan pronto como otros se meten con nuestro sueño, somos incapaces de hacer nada. Es imperativo que el siervo de Dios se ejercite con miras a poner su cuerpo bajo servidumbre. Lo que implica es que cuando el Señor tenga una necesidad o demanda, o cuando las circunstancias lo ameriten, seamos capaces de hacer a un lado temporalmente los reclamos de nuestro cuerpo; esto es poner nuestro cuerpo bajo servidumbre. Tenemos que ser capaces de controlar nuestro cuerpo para que cumpla con ese esfuerzo adicional; tenemos que ignorar sus necesidades básicas y ponerlo bajo nuestro control y gobierno. Si no somos capaces de hacer esto, quiere decir que nos amamos demasiado a nosotros mismos y somos inútiles en la obra del Señor.
El mismo principio se aplica al asunto de comer. En muchas ocasiones nuestro Señor no comía por causa de Su obra. Para Él la comida no era una prioridad, pero esto no quiere decir que nuestro Señor nunca comía. Él comía en circunstancias normales, pero cuando surgía una necesidad Él podía dejar de comer. Esto es poner el cuerpo bajo sujeción. No debemos depender de la comida al grado que tengamos que detener nuestra obra cada vez que sintamos hambre. Lamentablemente, en la obra del Señor hay muchos que no pueden funcionar sin comida. Indudablemente necesitamos alimentarnos y debemos cuidar de nuestro cuerpo físico, pero también debemos entrenarlo a privarnos del alimento cuando ciertas circunstancias especiales así lo exijan. Recordemos la ocasión cuando el Señor se sentó a descansar al medio día frente al pozo de Jacob, mientras los discípulos fueron a la ciudad a comprar comida. Una mujer samaritana vino a sacar agua y el Señor le pidió de beber. Él a la vez le habló acerca del agua viva. Finalmente, ella no le dio nada de beber. Era el mediodía, la hora de comer y beber algo, pero el Señor pacientemente le explicó la palabra de vida y el significado del agua viva a esta mujer samaritana, que estaba espiritualmente sedienta y sufrida (Juan 4:5-26). Esto nos muestra que podemos llevar a cabo la obra de Dios sin tener que interrumpirla para comer. Si llegamos a cierto lugar y no podemos hacer nada hasta haber comido, quiere decir que nuestro cuerpo no está a nuestro servicio como debiera.
Ciertamente no debemos irnos al extremo y privarnos del alimento todo el tiempo, pero cuando surjan demandas especiales, debemos ser capaces de pasar por alto la comida. El pan no es lo más importante. Debemos ser amos de nuestro cuerpo. Cuando sea necesario pasar por alto una comida, nuestro cuerpo debe obedecernos. No debemos dejarnos vencer por los insistentes reclamos de nuestro cuerpo pidiendo comida. Esto es lo que quiere decir someter nuestro cuerpo bajo servidumbre.
En Marcos 3, el Señor estaba rodeado por tal multitud que no tenía tiempo ni para comer. Sus familiares reaccionaron a esto buscando la manera de rescatarlo de entre la multitud, porque decían: “está fuera de Sí” (vs. 20-21). Sin embargo, el Señor continuó con Su obra. Él no estaba fuera de Sí, sino que estuvo dispuesto a olvidarse de comer y beber por causa de la obra, a fin de satisfacer las apremiantes necesidades de la multitud. Si nosotros no somos capaces de hacer a un lado nuestras propias necesidades cuando la obra demande urgentemente nuestra atención, nuestra obra no será muy efectiva. En tiempos críticos, tenemos que esforzarnos más e incluso llegar a los extremos estando en cierto modo fuera de sí. Cuando la necesidad así lo exija, debemos ser capaces de dominar nuestro cuerpo e ignorar las demandas de comida y bebida. No debemos considerar esas demandas como obligatorias.
La Biblia establece claramente que los cristianos deben ayunar cuando la ocasión lo amerite. Ayunar consiste en renunciar temporalmente a la necesidad legítima de nuestro cuerpo. En ciertas ocasiones, surge una necesidad especial que nos demanda orar seriamente. En tales circunstancias, debemos ayunar delante del Señor. No recomendamos ayunar tres o cinco veces a la semana, pero si alguien ha sido cristiano por ocho o diez años y nunca ha ayunado ni siquiera una vez, algo no está bien con él. El Señor habló acerca del ayuno en Su enseñanza en el monte. Si nunca hemos ayunado, nos falta algo en nuestra experiencia. El propósito del ayuno es poner nuestro cuerpo bajo servidumbre.
Otra exigencia del cuerpo es la comodidad. No nos atrevemos a afirmar que es incorrecto que un obrero tenga cierta medida de comodidad en su vivir, pero cuando su obra le demande que se sacrifique un poco, su cuerpo no debe ignorar este llamado a trabajar debido a que ciertas comodidades a las que su cuerpo está acostumbrado no están presentes. Si nuestro cuerpo no está dispuesto a renunciar a dicha demanda, no somos aptos para trabajar por el Señor. Algunos hermanos y hermanas se mudan muy seguido, no porque el Señor se los pida sino porque están descontentos e incómodos donde viven. Podríamos decir que la comodidad ha llegado a ser su estilo de vida; la comodidad los maneja a su antojo. Tales personas no pueden ser de mucho uso en la mano del Señor. Los siervos de Dios deben aprender a darle gracias cuando la disciplina del Espíritu les provea buenas condiciones y cuando el Señor les provea todo lo necesario. Pero cuando la provisión no llegue y sean despojados del bienestar y la comodidad, en esos casos deben ejercer control sobre sus cuerpos y continuar con su obra. No estamos a favor de los extremos. Puede ser que bajo circunstancias normales disfrutemos de mejores condiciones. Pero cuando la necesidad del Señor lo amerite, debemos ser capaces de sobrellevar lo que otros no pueden. Algunos hermanos y hermanas sólo están dispuestos a llevar una vida cómoda; pero se sienten acabados tan pronto como su nivel de vida baja un poco. Tales personas son de poco uso para el Señor. A fin de correr la carrera, tenemos que poner a nuestro cuerpo bajo servidumbre. Tenemos que ser capaces de vivir bajo cualquier circunstancia. Poner nuestro cuerpo bajo servidumbre significa que no somos afectados por ninguna circunstancia cuando la obra requiera nuestra atención; significa que somos capaces de llevar a cabo nuestra obra aún cuando tengamos que vivir en un nivel muy bajo. Si no podemos hacer esto, tan pronto nuestras circunstancias bajen del nivel al que estamos acostumbrados, abandonaremos la obra. Esto no quiere decir que aquellos que tienen menos sean capaces de resistir condiciones más restringidas. Muchos hermanos pobres se derrumban tan pronto como les sobrevienen circunstancias inferiores a las que están acostumbradas. Ellos se aman demasiado a sí mismos y nunca han puesto su cuerpo en servidumbre.
Otro ejemplo es la ropa. En tanto que comamos lo necesario y tengamos con qué cubrirnos, no debemos darle demasiada importancia al asunto del vestido. Juan el Bautista fue una persona que le dio poca importancia a la manera de vestir. El Señor Jesús dijo que si alguien buscaba a una persona vestida con elegancia, la buscaran en el palacio y no miraran a Juan. Lamentablemente, algunos cristianos han puesto una norma muy alta en el vestir y no pueden avanzar si no mantienen dicha norma. Es cierto que vestirnos con harapos no glorifica a Dios; los harapos no son dignos de Él. Nosotros debemos, hasta donde sea posible, vestir de una manera limpia, arreglada y apropiada. No obstante, cuando sea necesario debemos ser como Pablo, quien, aunque pasó hambre, sed y desnudez, continuó sirviendo al Señor (1 Corintios 4:11). Si los siervos de Dios se ejercitan durante los tiempos ordinarios, su cuerpo estará siempre bajo su control y su obra en el Señor no será afectada por un asunto como el vestido.
Un ejemplo más es la enfermedad. En tiempos de enfermedad o debilidad, el cuerpo reclama mayores atenciones de lo normal. Muchos obreros del Señor se aman tanto a sí mismos que se excusan y se ausentan de la obra apenas se sienten levemente enfermos. ¿Cómo hubiera podido Pablo escribir sus epístolas si se hubiera detenido porque le dolían sus ojos? Por lo menos no hubiera escrito el libro de Gálatas, pues ese libro fue escrito en un tiempo en que su vista estaba muy débil. Por esto dijo: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano” (6:11). Si Pablo hubiera tenido que esperar a que su vista mejorara para entonces hacer sus tiendas de campaña, nunca las habría hecho, porque se requiere de buena vista para fabricarlas. Sin embargo, él trabajaba durante el día y hacía tiendas durante la noche. Él no se detuvo por causa de sus ojos. Si Timoteo hubiera esperado hasta estar bien de su estómago para seguir adelante con su obra, no hubiera habido nadie que continuara con el ministerio de Pablo, porque su estómago nunca estuvo realmente sano. Por un lado, es necesario que tengamos un cuidado razonable de nuestro cuerpo, pero por otro lado, cuando la obra requiera que nos sacrifiquemos un poco, nunca debemos escatimarnos. Cuando la obra lo demande, debemos hacer a un lado incluso nuestra enfermedad y cuidar principalmente lo que demanda la obra. Ciertamente la enfermedad requiere descanso, pero cuando la obra requiera sacrificio, aun enfermos tenemos que responder. Tenemos que golpear nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre. Este es un requisito básico en la obra. Si no somos capaces de dominar nuestro cuerpo, ¿con qué recursos vamos a dedicarnos a la obra? Si un siervo del Señor está seriamente enfermo y el Señor no ha impuesto una carga especial sobre él, está bien que se cuide para sanarse de su enfermedad; la iglesia y los demás colaboradores deben saber qué hacer con él. Pero si surge una necesidad en la obra y la carga del Señor es clara, él no debe permitir que su enfermedad lo mantenga atado. En ocasiones no hay tiempo para enfermarse; entonces debemos poner a un lado temporalmente el cuidado de nuestras enfermedades. Esta es una lección que todos tenemos que aprender.
Este principio es válido no sólo en la enfermedad sino en el dolor en general. En ocasiones, podemos experimentar tanto dolor físico que sentimos que nuestro cuerpo ya no puede soportar más tormento. En tiempos normales debemos proveerle a nuestro cuerpo el descanso y la terapia apropiadas, cuidando de sus necesidades. Sin embargo, cuando la obra del Señor demande y exija que hagamos algo, simplemente tenemos que llevarlo a cabo a pesar de nuestro dolor. Nuestro cuerpo siempre debe obedecernos. En tiempos así, tenemos que poner los ojos en el Señor y decirle: “¡Señor, mi cuerpo tiene que someterse una vez más!. ¡No puedo atender su necesidad esta vez!”.
Este principio debe ser igualmente aplicado a los deseos sexuales. No es obligatorio satisfacer nuestra necesidad de sexo. Debemos aprender a darle la prioridad al servicio del Señor sobre cualquier otra cosa.
Consideremos la historia de Pablo. En 1 Corintios 4:11-13 él dijo: “Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y andamos sin donde morar. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y exhortamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todas las cosas”. Por favor presten atención a las palabras del versículo 11: “hasta esta hora”. Esto significa que tales condiciones aún estaban presentes en el momento en que él estaba hablando. Esto nos muestra que el cuerpo de Pablo estaba bajo su control todo el tiempo. Él no permitía que nada impidiera su servicio al Señor. En el capítulo 6 de esta misma Epístola, desde el versículo 12 hasta el final, él se refirió a dos asuntos: el alimento y el sexo; y puso bien en claro que no somos siervos de nuestro cuerpo. Ya sea en el asunto del alimento como en el del sexo, no tenemos por qué ser esclavos de nuestro cuerpo. En el capítulo 7 él muestra claramente que no tenemos por qué ser esclavos del cuerpo en el asunto del sexo, y en el capítulo 8 él muestra que no tenemos por qué ser esclavos del cuerpo en el asunto del alimento. ¿Qué significa entonces golpear el cuerpo y ponerlo en servidumbre? Significa que abofeteamos nuestro cuerpo y le “golpeamos”, hasta el grado de que esté totalmente bajo nuestro control. Hermanos y hermanas, en nuestra labor y servicio para el Señor, a menudo tendremos que restringir las demandas del cuerpo. Cuando surge una necesidad en la obra y se requiere que neguemos los deseos de nuestro cuerpo, ¿somos lo suficientemente fuertes para negarle su derecho? Ciertamente, todos los apetitos humanos fueron creados por Dios y dados por Él. No hay nada malo con las demandas legítimas del cuerpo, pero, ¿algunas de estas demandas nos impiden servir a nuestro Señor?
Ni por un momento debemos pensar que podemos relajarnos y soltar las riendas que controlan las demandas de nuestro cuerpo. Tenemos que entender la diferencia entre ser sabios y ser sueltos al cuidar de las necesidades de nuestro cuerpo. Tenemos que ser inteligentes en cuanto al cuidado de nuestro cuerpo, pero a la vez, tenemos que ejercer un completo control sobre éste. Golpear el cuerpo no significa que debamos pasar hambre todo el tiempo; más bien, significa que podemos seguir adelante sin comida aun cuando nuestro estómago esté vacío, y al mismo tiempo, todavía debemos cuidar de nuestro cuerpo. Sin embargo, si usted está involucrado en la obra de Dios pero es inflexible con su alimentación, no podrá seguir adelante tan pronto la dieta baje de su estándar acostumbrado. No estamos a favor del ascetismo ni estamos de acuerdo con la filosofía que enseña que el cuerpo es la fuente del pecado. Reconocemos que Dios mismo creó en nosotros las necesidades físicas. Admitimos que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Pero en ningún momento estamos obligados a someternos a los reclamos del cuerpo. Esto no significa que todo el tiempo tenemos que carecer de vestido, comida y sueño. Debemos hacer todo lo posible por vestirnos, alimentarnos y descansar apropiadamente. La manera en que nos alimentamos puede ser el resultado de golpear nuestro cuerpo o puede ser el resultado de no golpearlo; ambas cosas son enteramente diferentes. En la actualidad, el problema es que muchos hermanos y hermanas son muy descuidados en cuanto a sus cuerpos. Si no ejercemos un control estricto sobre nuestro cuerpo, tan pronto como enfrentemos un problema en nuestra obra, murmuraremos, nos quejaremos o renunciaremos. Tenemos que ejercer entereza delante del Señor. Debemos decir: “Señor, mis problemas nunca podrán compararse con los que Tú enfrentaste cuando peregrinaste en la tierra”. El Señor bajó desde el lugar más alto y descendió hasta el lugar más profundo. Hoy, nosotros no hemos bajado desde esa altura ni hemos descendido a esa profundidad. Debemos decir: “Señor, nunca podremos igualar lo que Tú has hecho”. Tenemos que aprender a aceptar todas las restricciones impuestas sobre nuestro cuerpo.
Algunos han permitido que su cuerpo se conduzca sin ninguna restricción por largo tiempo. Ellos necesitan más tiempo para aprender las lecciones apropiadas. Esperamos que puedan ser útiles en la obra en un corto lapso, pero si no resuelven sus problemas y no pueden vencerlos, no podrán participar en la obra de Dios. Aquellos que nunca han golpeado su cuerpo ni lo han hecho su esclavo se quedarán atrás tan pronto sean puestos en una carrera. Tenemos que recordar que el trabajo del evangelio es como una carrera. Si nunca nos hemos ejercitado y nuestro cuerpo nunca ha estado bajo nuestro control, fracasaremos y no podremos correr cuando Dios ponga demandas adicionales sobre nosotros. Correr es una demanda extraordinaria que uno le impone a su cuerpo. Nunca debemos ser sueltos con nuestro propio cuerpo. Todos los grandes siervos del Señor han estado bajo el dominio estricto del Señor; todos ellos han ejercido un control estricto sobre su propio cuerpo. Si no gobernamos nuestro cuerpo, fracasaremos tan pronto como se nos impongan retos adicionales. Todas las obras extraordinarias y valiosas se llevan a cabo bajo demandas extraordinarias. Si no podemos trabajar bajo demandas extraordinarias, ¿en qué forma podríamos ser útiles? No debemos ser dejados con nuestro cuerpo ni debemos permitirle que se relaje. Tenemos que asir las riendas de nuestro cuerpo fuertemente y ponerlo bajo un estricto control, para que cuando se le requiera, podamos ser capaces de renunciar al sueño, a la comida o a las comodidades. Tenemos que perseverar en la obra e insistir que nuestro cuerpo sea hecho nuestro esclavo. Nuestro cuerpo debe estar presente en la obra y tiene que someterse a nosotros aun cuando esté enfermo o debilitado.
Pablo dijo: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano” (Gálatas 6:11). Él estaba haciendo más de lo que su capacidad le permitía. En este pasaje podemos percibir el sentimiento de nuestro hermano; él se estaba forzando a hacer lo que no podía hacer. De esta manera es cómo se ha expresado el Espíritu a través de los siglos. Si en tiempos normales un siervo de Dios goza de buena salud, no enfrenta dificultades, duerme bien y come bien; y aun con esto, cuando surge alguna necesidad su cuerpo no coopera, él no es un siervo útil al Señor. Pablo dijo: “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. En otras palabras, él temía que mientras otros recibían el evangelio por medio de su predicación, él mismo perdiera el premio y la distinción del reconocimiento del Señor: “Bien, esclavo bueno y fiel”. Recuerden que aquel que se ama a sí mismo no puede servir a Dios. Aquellos que son sueltos en su vivir y que no son capaces de disciplinarse estrictamente a sí mismos, no son aptos para servir a Dios. Si queremos aprender a servir al Señor, tenemos que ejercitarnos y ejercer dominio sobre nosotros mismos, para que cada día podamos regir sobre nosotros mismos.
Si nuestro amor por el Señor es suficientemente fuerte, las exigencias de nuestro cuerpo no nos apartarán de Él. Si nuestro espíritu es lo suficientemente fuerte, no permitiremos que nuestra carne permanezca en debilidad. Cuando la vida de resurrección se multiplique en nosotros, ésta le infundirá vida a nuestro cuerpo mortal. Tenemos que avanzar hasta que nuestro cuerpo ya no sea más una frustración, sino que nos obedezca y nos obedezca sólo a nosotros. Cuando esto se cumpla, seremos aptos para servir al Señor en forma eficaz.
jueves, 21 de julio de 2011
EL CARÁCTER DEL OBRERO
Este es la tercera conferencia de una serie impartida por Watchman Nee y publicada bajo el título: El Carácter de Obrero de Dios.
Es un material imprescindible para quienes desean servir a otros y extender el reino.
TEMA 3: Estar dispuestos a sufrir
Además de los rasgos del carácter que ya hemos mencionado, todo obrero cristiano debe estar dispuesto a sufrir (1 Pedro 4:1). Esto es crucial. Antes de considerar este asunto desde un punto de vista positivo, primero veamos el concepto cristiano que comúnmente se tiene acerca del sufrimiento. La enseñanza de las Escrituras es muy clara: la intención de Dios no es que Su pueblo sufra. Existe cierta filosofía que fomenta el sufrimiento físico como un medio para privar al cuerpo de todo disfrute.
Los partidarios de esta filosofía sostienen que cualquier tipo de disfrute es malo. Como obreros del Señor y como aquellos que le representan, tenemos que entender claramente que dicha filosofía no debe hallar cabida en la mente de los creyentes. La Palabra misma afirma que Dios no tiene intención de que Sus hijos sufran. La Biblia dice que Dios no nos niega ningún bien. El Salmo 23:1 declara: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará”. Las palabras nada me faltará no quieren decir que nunca tendremos necesidades; más bien, significan que no tenemos necesidad de pedir nada, porque el Señor es nuestro Pastor. Lo que el salmo 23 nos dice es que, cuando tenemos al Señor como nuestro Pastor, nada nos falta. En otras palabras, Dios no tiene la intención de que nos falte nada, sino que Su intención es que estemos llenos. Él no nos quitará ningún bien. La Biblia entera nos presenta un cuadro del cuidado amoroso que el Señor tiene para con nosotros. Él cuidó de Sus fieles, alivió sus angustias y dolores, y trazó una clara distinción entre Su pueblo y las naciones. La tierra de Gosén siempre fue diferente al resto de Egipto; la bendición de Dios siempre estuvo allí. Por otro lado, debemos prestar atención a nunca introducir ningún tipo de filosofía ascética en el cristianismo. Una vez que introducimos en los creyentes algún elemento ajeno, los confundiremos.
Habiendo dejado claro esto, debemos también entender que Dios no exonera a Sus hijos de pruebas o castigos; de hecho, Dios prueba y disciplina a Sus hijos. Sin embargo, tenemos que hacer una clara distinción entre esto y las diferentes formas de ascetismo. En circunstancias comunes, Dios siempre bendice, cuida, sostiene y suple a Sus hijos, pero cuando le es necesario castigar y probar a Sus hijos, no titubea en hacerlo. Esto no significa que los ponga a prueba todos los días, sino que Él disciplina a Sus hijos sólo cuando sea necesario; no lo hace todos los días ni a cada momento. Él no les está enviando pruebas y castigos, constantemente. A menudo recurre a tales métodos, pero no los aplica todo el tiempo. Al contrario, en circunstancias normales siempre los cuida y los provee. Por supuesto, cuando somos testarudos Él permite que nos sobrevengan pruebas y castigos, pero bajo Su provisión normal, Él lleva a cabo lo que comúnmente tiene que hacer. Tenemos que entender claramente que Dios no desea vernos sufrir, sino que reserva todas las buenas cosas para Sus hijos. Por lo que, podemos disfrutar todas las provisiones que Él nos ha dado.
Los tres valientes de David pudieron haberse quedado al lado de él donde estaban seguros, pero cuando le oyeron expresar su deseo de tomar agua del pozo de Belén, ellos arriesgaron sus vidas e irrumpieron por el campamento de los filisteos a fin de sacar esa agua (2 Samuel 23:14-17). El estar dispuesto a sufrir por amor al Señor y a su obra es un asunto de elección, no de imposición. Nosotros escogemos el camino del sufrimiento. Sufrimos voluntariamente por servirle a Él. Según el plan de Dios podemos evitar muchos sufrimientos; no obstante, por causa de servirle a Él, preferimos con gusto un camino diferente al de la gente común. Eso es lo que significa estar dispuestos a sufrir. Tener esta manera de pensar es una necesidad fundamental en el carácter de un siervo de Dios. Sin tal disposición, tendremos poco resultado en nuestra obra, y lo que podamos hacer será muy superficial y de poca calidad. Si un obrero del Señor no tiene la disposición de sufrir, él no puede hacer nada ante los ojos de Dios. Hablemos de varios puntos relacionados con este asunto.
Tenemos que darnos cuenta de que sufrir y estar dispuestos a sufrir son dos cosas muy diferentes. Tener la disposición para sufrir implica tener el deseo de sufrir voluntariamente por Cristo, lo cual significa que tenemos el corazón y la disposición para soportar aflicciones por causa de Él. Este es el significado de estar dispuestos a sufrir. Puede ser que aquellos que tienen la disposición para sufrir no necesariamente estén sufriendo. Sin embargo, mentalmente están preparados para enfrentar cualquier sufrimiento con fortaleza. Por ejemplo, el Señor puede ponernos en circunstancias en las que seamos provistos de comida, ropa y una vivienda bien amueblada. Lo que estamos diciendo no implica que no podamos disfrutar de todas estas cosas que Él nos ha provisto. Si el Señor nos ha dado tal provisión, podemos aceptarla de parte del Señor. Pero interiormente aún debemos estar dispuestos a sufrir por Él. Aunque no estemos sufriendo físicamente, debemos estar dispuestos a ello. No es necesario que suframos externamente, pero internamente debemos estar dispuestos a ello. ¿Estamos dispuestos a sufrir aun cuando las circunstancias sean cómodas y favorables? Tal vez el Señor no disponga que suframos todos los días, pero como obreros Suyos no podemos carecer de la disposición para sufrir, ni siquiera por un solo día. Es posible que no experimentemos sufrimiento todos los días, pero diariamente debemos estar preparados para sufrir.
El problema es que muchos hermanos, y aun familias de obreros cristianos, desean escabullirse apenas les llega alguna aflicción. No están dispuestos a sufrir. Cuando el Señor les provee circunstancias favorables, un suplir material abundante y buena salud, ellos le sirven con gozo. Pero tan pronto como experimentan carencias o aflicción, todo su ser se desploma. Esto implica que no están dispuestos a sufrir. Si no tenemos una disposición para sufrir, no somos capaces de soportar prueba alguna.
Tener la disposición para sufrir significa que siempre estamos preparados delante del Señor para sufrir. Significa que estamos listos para sufrir y que aun escogemos el camino del sufrimiento. Si el Señor no permite que nos sobrevenga algún sufrimiento, eso es asunto Suyo, pero de nuestra parte siempre debemos estar listos para sobrellevarlos. Cuando el Señor cambia Su curso de circunstancias y nos sobrevienen pruebas adversas, debemos aceptarlas como algo normal y no verlo como algo extraño. Si sólo aceptamos las buenas provisiones del Señor pero no somos capaces de aceptar ninguna prueba, sino que nos descarriamos por cualquier inconveniente y dejamos de trabajar, significa que no tenemos la disposición para sufrir. Debemos recordar que nuestra obra no espera por nosotros; debe realizarse cuando haya comida y cuando no la haya; cuando tengamos buena ropa y cuando no la tengamos; cuando nos sintamos gozosos y cuando estemos afligidos; cuando tengamos buena salud y cuando estemos enfermos. Las Escrituras nos muestran que debemos armarnos con una mente que esté preparada para sufrir; es decir, que nuestra mente debe ser un arsenal, un arma para nosotros. Esta clase de mentalidad es un arma poderosa contra la cual Satanás no puede prevalecer. Sin esta mentalidad, nuestra obra cesará tan pronto como experimentamos contratiempos y aflicciones.
Hay algunos hermanos que aunque soportan sufrimientos, no tienen idea de la preciosidad de sus sufrimientos y pasan por ellos sin sentir nada de gratitud hacia el Señor. Incluso hasta murmuran y se quejan constantemente, esperando el día en que sean liberados de su sufrimiento. Ellos oran pero nunca alaban. No aceptan de corazón la disciplina del Espíritu que les ha sobrevenido. Por el contrario, oran para que esos días de prueba pasen rápidamente. Su actitud delata su falta de disposición para sufrir. Hermanos y hermanas, si durante los tiempos de paz no tenemos la disposición para sufrir, sólo seremos aptos para viajar por los caminos cómodos. Una vez que el camino se torne escabroso, abandonaremos el servicio del Señor. Esto no hará que progresemos mucho. Permítanme repetir: tener una disposición para sufrir es muy distinto al sufrimiento mismo. Si contamos con una disposición para sufrir, el Señor no necesariamente nos enviará sufrimientos, pero cuando enfrentemos situaciones adversas estaremos preparados interiormente y no retrocederemos. Aquellos que sufren no necesariamente tienen la disposición para sufrir. Muchas personas sufren sin estar dispuestas a sufrir. Entre los que sufren, puede haber unos que estén dispuestos a sufrir, y otros que no lo estén. Muchos hermanos y hermanas cuando enfrentan sufrimientos y aflicciones, se quejan y piden ayuda día tras día. Oran todos los días para ser liberados de su aflicción. No están dispuestos a sufrir en lo absoluto; están sufriendo, pero no tienen la disposición para ello. Los hermanos y hermanas que están pasando sufrimientos por causa de su salud, sus finanzas o con otros asuntos, deben entender que para el Señor lo único que es precioso es la disposición para sufrir. Él no le presta atención al hecho de que estemos sufriendo. Por lo que no debemos pensar que estamos sufriendo por el Señor simplemente porque estamos pasando por pruebas. Puede ser cierto que nuestra situación no sea placentera, pero ¿cuánto estamos dispuestos a sufrir? ¿Cuánto de este sufrimiento es por nuestra propia elección? ¿O lo único que hacemos es murmurar, guardar resentimientos, sentir lástima por nosotros mismos y justificarnos? Es posible que experimentemos un gran número de angustias y penurias sin estar dispuestos a sufrir. Tener la disposición para sufrir es algo mucho más profundo que el sufrimiento en sí. Quizás aquellos que tienen el corazón para sufrir no pasen ningún sufrimiento externo y que aquellos que están sufriendo externamente no tengan ninguna disposición para sufrir. ¿Pueden ver la diferencia? Es como decir que aquellos que son pobres en cosas materiales no necesariamente son pobres en sus espíritus. Muchas personas son materialmente pobres, pero no lo son espiritualmente. Del mismo modo, muchos hermanos y hermanas ciertamente están sufriendo sin tener interiormente ninguna disposición para ello. Si el Señor les diera la opción de escoger, definitivamente escogerían no sufrir en lo absoluto, no digamos por un mes, ni por un día, ni siquiera por un solo minuto de su tiempo. No tienen ninguna disposición para sufrir. Si alguien no está dispuesto a sufrir, no puede avanzar en su obra. Cuando las demandas externas vayan más allá de su habilidad interna, simplemente se echará atrás. Cuando una situación requiera de un esfuerzo adicional, no contará con las fuerzas necesarias para hacerlo. No será capaz de abandonar sus propios tesoros; sólo podrá llevar a cabo un trabajo sencillo en un ambiente propicio. Es necesario que el Señor le quite todos los obstáculos para poder trabajar cómodamente. Es sorprendente ver que muchos siervos del Señor tengan tal demanda.
Debemos entender con claridad lo que significa estar dispuestos a sufrir. Es posible que un hermano que viva en tranquilidad esté más dispuesto a sufrir que uno que vive en tribulaciones. El primero puede estar preparado a sufrir por el Señor; y el segundo, aunque pase por más sufrimientos, no tiene el deseo de sufrir por el Señor. Tal vez las circunstancias de uno presenten pocas dificultades, mientras que el otro esté en gran aflicción. Hablando humanamente, pareciera que el que está en gran aflicción es el que está sufriendo, pero a los ojos del Señor, tiene más valor el que tiene la disposición para sufrir, aunque experimente menos dificultades. No debemos pensar que el sufrimiento en sí mismo nos hace aptos para servir. Debemos recordar que para satisfacer las demandas de Dios se requiere que estemos dispuestos a sufrir. Tenemos que armarnos de esta disposición. Si no la tenemos, no hay posibilidad de pelear la guerra espiritual, pues tan pronto como enfrentemos problemas, retrocederemos, y tan pronto suba el precio a pagar, nos rendiremos. Apenas el Señor permita que enfrentemos algo de aflicción, emprenderemos la retirada. Lo importante no es cuánto sufrimiento experimente una persona, sino cuán dispuesta esté para sufrir. Según nuestro concepto natural, concluiríamos que un hermano que sufre mucho conoce la gracia de Dios en mayor medida, pero muchas veces cuando nos encontramos con ese hermano, no recibimos ninguna ayuda de él. Muy pronto podremos darnos cuenta de que él no está dispuesto a sufrir; sólo sufre de mala gana. Si se le diera a escoger, evitaría las pruebas tan pronto como le fuera posible. A lo mejor, realmente esté sufriendo, pero no ha cedido al sufrimiento y pasa a través de tal experiencia renuentemente. No ha aprendido ninguna lección ante el Señor e internamente está lleno de rebeldía. Esto nos muestra que estar dispuestos a sufrir es muy diferente al sufrimiento mismo. Lo que el Señor atesora es que tengamos una disposición para sufrir, una actitud consciente de que estamos preparados para sufrir, y no la experiencia del sufrimiento en sí misma. No podemos reemplazar la disposición para sufrir con el sufrimiento mismo.
Ahora debemos considerar algunos problemas comunes que encontramos en la obra del Señor. Supongamos que nuestra obra enfrenta dificultades financieras. ¿Qué debemos hacer cuando Dios nos pone a prueba haciéndonos pasar por escasez material? Si la carencia económica nos hace interrumpir nuestra obra, ciertamente el Señor pondrá en duda nuestra labor. Probablemente Él se pregunte: “¿Cuáles son tus motivos para servirme?”. Hermanos y hermanas, el éxito en nuestra obra depende en gran parte de si estamos dispuestos a sufrir. No podemos abandonar la obra simplemente porque se nos presente un pequeño inconveniente o porque una pruebita nos moleste. Ningún siervo de Cristo puede estipular que saldrá a trabajar siempre y cuando salga el sol, pero se quedará en su casa cuando llueva. Si tenemos una mente dispuesta a sufrir, desafiaremos las dificultades, las adversidades, las enfermedades e incluso la muerte. Si tenemos una mente dispuesta a sufrir, podremos hacerle frente al diablo y declarar: “¡Seguiré adelante sin importar lo que me pase!”. Pero si tenemos algún temor, Satanás siempre nos amenazará y nos derrotará con aquello a lo que le tememos interiormente. Si decimos: “¡No temo al hambre!”, Satanás no podrá hacernos nada enviándonos hambre; simplemente tendrá que huir. Si decimos: “¡No le temo al frío!”, el enemigo tampoco podrá hacernos nada enviándonos un clima frío, y tendrá que huir nuevamente. Pero si decimos: “¡Le temo a la enfermedad!”, Satanás de seguro nos enviará enfermedad, porque él sabe que esa enfermedad nos desanimará. En cambio, si decimos: “¡No le temo a la enfermedad!”, él no podrá hacernos nada. Si no tenemos una disposición para sufrir, Satanás usará aquello a lo que más le tememos para atacarnos, y seremos derrotados. Todo siervo de Dios tiene que estar bien preparado para sufrir y no temerle a nada. Cuando nos acontezca esto o aquello, debemos persistir. Tenemos que persistir cuando le sobrevengan pruebas a nuestra familia o cuando nos enfermemos. Tenemos que persistir aun cuando pasemos hambre o frío. Si interiormente tenemos esta actitud, Satanás no podrá hacernos nada porque estamos dispuestos a sufrir. Pero si no tenemos esta disposición para sufrir, caeremos tan pronto Satanás nos haga frente con aquello mismo a lo que le tememos. Si este es el caso, retrocederemos en la obra de Dios y llegaremos a ser inútiles.
Hermanos y hermanas, debemos declararle al Señor: “Por causa de Tu amor y el poder de Tu gracia, me comprometo a hacer la obra sin importar las consecuencias, ya sea el cielo o el infierno. ¡Esta será mi posición, nada me hará desistir de ello!”. Si no tenemos tal manera de pensar, Satanás aprovechará nuestra debilidad para acabar con nosotros y comprobar que no somos capaces de nada. Tenemos que orar pidiendo misericordia a fin de conocer lo que significa tener una mente dispuesta a sufrir. Tener una mente dispuesta a sufrir equivale a tomar la determinación de estar del lado del Señor, no importa lo que el futuro nos depare ni las circunstancias que podamos afrontar. Nuestra disposición para sufrir no necesariamente nos lleva al sufrimiento. Es posible que no suframos, pero tal convicción interior siempre estará presente. Si no existe tal convicción y determinación en nosotros, una pequeña dificultad nos derrotará; pero si tenemos esta convicción, ya sea que tengamos problemas o no los tengamos, eso nos tendrá sin cuidado. ¿Entienden lo que estoy diciendo? El camino del servicio para un cristiano no es necesariamente un camino de sufrimiento, sino uno en el que debemos estar dispuestos a sufrir. Si este es nuestro caso, podremos darle gracias al Señor cuando Él nos provee alimento y vestido, y también podremos darle gracias si no nos lo provee. Estas cosas no significarán mucho para nosotros; es lo mismo que tengamos abundancia o escasez. Debemos entender que por ser creyentes no tenemos que ir en búsqueda de sufrimientos. Sin embargo, ciertamente debemos tener una mente dispuesta a sufrir. El cristiano debe estar preparado para llevar a cabo su tarea sin importar que haya dificultades en el camino o no. No retrocede ante ninguna dificultad. Si no resuelve el asunto de su disposición, no podrá resolver ningún otro asunto. Supongamos que usted tiene que viajar. Si se encuentra físicamente débil, es de esperar que requiera de una cama más cómoda que la que necesita una persona saludable. Pero si dice: “Yo debo tener una cama cómoda porque no estoy tan saludable”, usted será vulnerable ante el enemigo en ese particular; así que, él le dará una cama incómoda. Más si usted tiene una mente dispuesta a sufrir, no le dará importancia al asunto de la cama y continuará con su obra. Sin embargo, no habrá virtud alguna si se le provee una cama cómoda, y usted la rechaza y prefiere dormir en el piso. Si el Señor le provee una cama confortable, acéptela, y si Él le da una cama incómoda, también acéptela. Usted debe continuar con su labor sin importar cuán mala sea la cama. Jamás debe abandonar su labor por causa de una cama. Esta actitud es lo que la Biblia quiere decir con tener una mente dispuesta a sufrir. Algunos hermanos tienen muy escasas provisiones materiales en su vida. Sin embargo, esto no necesariamente significa que ellos tengan más disposición para sufrir. No debemos pensar que los cristianos que viven en circunstancias poco favorables tienen por consecuencia más disposición para sufrir que aquellos que viven en circunstancias más favorables. Sólo aquellos que se han consagrado al Señor tienen realmente una disposición para sufrir. Una mente dispuesta a sufrir no es limitada por nada; no tiene fondo. Supongamos que al ir a cierto lugar uno tenga que dormir en el piso y que en otro lugar no tenga ni eso, sino que su cama sea un poco de paja en el fango. ¿Qué haría usted? Algunos se esfuerzan por dormir en una cama así y ellos de hecho están sufriendo, pero su sufrimiento tiene un límite. Tal vez puedan tolerar un piso duro, pero nada más. Ellos parecen decirles a los demás que se han rebajado demasiado y que ya no pueden rebajarse más. Esto es tener la experiencia de sufrir sin tener la disposición para ello. Algunos hermanos pasan sus vidas con relativa comodidad y disfrute, pero son capaces de ajustarse a normas de vida más bajas y estar contentos con ello. Son capaces de dormir en un piso duro como también en un lecho de paja. No se quejan, y con gozo toman lo que se les ofrece. Esto es lo que significa tener una disposición para sufrir. Dios está llamándonos para que tengamos una disposición para sufrir. Debemos recordar que esto no es un asunto meramente de sufrir, sino de tener una disposición para sufrir. Para servir al Señor se requiere de una mente dispuesta a sufrir; de lo contrario, Dios no puede usarnos. Aquellos que no son capaces de sufrir se derrumban ante la más leve prueba; abandonan su obra tan pronto como Satanás pone alguna dificultad en su camino. Hermanos y hermanas, ¿pueden ver esto? Contar con una mente dispuesta a sufrir significa tener la habilidad de bajar el nivel de vida de una manera incondicional.
Además, no es una cuestión de cuánto suframos, sino cuál es el grado de sufrimiento que podemos soportar. El sufrimiento no es una necesidad, pero estar dispuestos a sufrir sí lo es. La intención del Señor no es mantenernos en sufrimientos, sino forjar en nosotros una disposición para sufrir. Ningún hermano o hermana que esté aprendiendo a servir al Señor será fuerte si no cuenta con esta disposición para sufrir. Si no tenemos tal disposición, seremos el más débil de todos los hombres. Tan pronto enfrentemos alguna dificultad, brotará la autocompasión. Lloraremos y nos quejaremos, diciendo: “¿Por qué me sucede esto a mí?”. En cierta ocasión, una hermana quien había estado sirviendo al Señor por años fue a ver a otra hermana que estaba llorando, y le preguntó: “¿Por quién estás derramando lágrimas?”. Muchas personas sólo lloran por sí mismas. Ellas se consideran a sí mismas muy queridas y valiosas y se lamentan por su situación; pero las lágrimas que derraman son por ellas mismas. Tales personas son las más débiles de todo el mundo; se derrumban tan pronto se enfrentan con el más leve desafío.
Lo importante cuando llegan las pruebas y las aflicciones es en dónde ponemos nuestro corazón. Por un lado, está nuestro sufrimiento; por otro, está la obra del Señor. Si no tenemos una mente dispuesta a sufrir, de inmediato sacrificaremos la obra del Señor. ¡Estaremos muy ocupados compadeciéndonos de nosotros mismos y preocupándonos por nuestra persona, que no nos quedará la energía suficiente para ocuparnos de la obra del Señor! Hermanos y hermanas, tenemos que aprender a desarrollar una disposición para sufrir. Si abandonamos la obra, ciertamente nuestros sufrimientos terminarán, pero también es cierto que la obra sufrirá pérdida. Si carecemos de una mente dispuesta a sufrir, Satanás puede lograr que en cualquier momento sacrifiquemos nuestra obra y la abandonemos. Debemos recordar delante del Señor que estamos aquí para respetar y sostener la gloria de Dios. Dios puede determinar que vivamos o que muramos, pero de nuestra parte debemos ser fieles a nuestra responsabilidad. No podemos abandonar nuestra obra; debemos persistir hasta el fin. No deseamos ver que los hermanos y hermanas pasen por sufrimientos. Hasta donde sea posible, es bueno que ellos se ocupen de satisfacer sus necesidades diarias con moderación. No les pedimos que busquen sufrir deliberadamente, ni le imponemos sufrimientos a nadie. Nuestra esperanza es que Dios supla todas nuestras necesidades. Pero debemos darnos cuenta de que es muy necesario tener una disposición para sufrir. Por un lado, tenemos que creer que Dios no retiene ningún bien para con nosotros; por otro lado, es necesario que tengamos una disposición para sufrir. Si no la tenemos, nos derrumbaremos tan pronto como enfrentemos dificultades y contratiempos en nuestras vidas.
Naturalmente surge una pregunta: ¿Hasta qué punto debemos estar preparados para sufrir? La norma que establece la Biblia es: “Sé fiel hasta la muerte” (Apocalipsis 2:10). En otras palabras, tenemos que estar preparados para cualquier sufrimiento, incluso para sufrir la muerte. Por supuesto, no queremos ser extremistas, pero no hacemos concesiones en cuanto a estar dispuestos a sufrir. Si hubiera, preferiríamos dejar que el propio Señor lo haga todo, o incluso preferiríamos que la iglesia o los hermanos más maduros nos equilibren en este asunto. Por nuestra parte, tenemos que entregarnos del todo. Si nosotros mismos transigimos, ¿cómo podríamos ser eficientes en nuestra obra? No tendríamos manera de seguir adelante. Si valoramos mucho nuestra vida y andamos con cautela todo el tiempo, no lograremos hacer mucho en la obra de Dios. Todos tenemos que ser fieles aun hasta la muerte. Este es nuestro camino. El Señor no ha de sacrificar nuestra vida sólo porque le prometimos ser fieles hasta el fin. No obstante, la preservación de nuestra vida es un asunto que depende del Señor, no de nosotros mismos. Solamente del Señor depende arreglar todo lo que nos suceda. De nuestra parte, tenemos que estar preparados para sacrificarnos. Debemos estar preparados para enfrentar cualquier clase de sufrimiento. Hermanos y hermanas, si aman mucho su vida, no podrán ser fieles hasta la muerte. Aquellos que son fieles hasta la muerte no aman tanto su propia vida. Este es el requisito básico que nos impone el Señor. Nuestra disposición para sufrir debe ser tan fuerte, que podamos decir: “¡Señor, moriré por Ti! No me interesan las circunstancias que pueda haber alrededor de mí. ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por Ti!”. Sin tal determinación, cesaremos de trabajar tan pronto vengan las dificultades. Todo obrero del Señor tiene que aprender a amarse a sí mismo de forma equilibrada. Aquellos que se aman demasiado a sí mismos están limitados en su obra. Cuando llegan a cierto punto, se detienen. Dios busca hombres que le sirvan incondicionalmente, y desea que ellos estén dispuestos a poner su vida a un lado para servirle (Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33). Por nuestra parte, no debemos preocuparnos por hacer provisión para nosotros mismos, sino por tener una disposición absoluta para sufrir. Permítanme repetir: No tenemos que sufrir, pero debemos tener una disposición para ello. Siempre tenemos que estar listos para echar a un lado toda preocupación o ansiedad. Tenemos que echar a un lado las dificultades externas e incluso estar dispuestos a sacrificar nuestra propia salud. Si nos amamos desmedidamente y tenemos temor de consagrarnos en forma absoluta no podremos lograr mucho. Tenemos que decirle al Señor: “Estoy dispuesto a consagrarlo todo. De ahora en adelante, ningún sufrimiento me privará de servirte. ¡Esta es mi elección, no importa lo que venga, sea muerte, vida, sufrimiento o gozo!”.
Hermanos y hermanas, sólo una cosa es efectiva: un servicio que es fiel hasta la muerte. Mientras más mantengamos esta posición, menos daño podrá hacernos Satanás. No tendrá lugar donde huir. Aquellos que se aman a sí mismos están realmente atados por ellos mismos. Apenas sufren un poco, comienzan a llorar y quejarse interminablemente. ¡Se aman demasiado a sí mismos! Si dejamos de amarnos tanto a nosotros mismos, el llanto y las quejas desaparecerán. Como aquellos que hemos tomado este camino, tenemos que renunciar a nuestras propias vidas. Si hemos de tomar este camino, debemos decirle al Señor: “Puede ser que el camino que haz ordenado para mí no sea uno de sufrimiento; no obstante, estoy listo para enfrentar cualquier sufrimiento”. Perdónenme por repetir esto una y otra vez, pero tenemos que darnos cuenta de que aunque nuestro sufrimiento sea limitado, nuestra disposición para sufrir debe ser ilimitada. La medida de sufrimiento que el Señor nos ha asignado puede ser limitada, pero debemos estar listos para sufrir de forma ilimitada (1 Pedro 2:20-25). Si nuestra disposición para sufrir es limitada, significa que no tenemos una mente para sufrir, y que no podremos ir muy lejos. Esta es una demanda muy elevada, pero eso es lo que el Señor busca. Cualquier cosa que sea menos que esto, indica que no somos aptos para servirle a Él. No debemos pensar que nuestra disposición para sufrir se limita a una pequeña dosis de sufrimiento. No es así, sino que la disposición para sufrir no tiene límites; ni siquiera es limitada por la muerte. Si bajamos la norma, no resistiremos ninguna tentación de parte de Satanás. “Y ellos le han vencido por causa de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y despreciaron la vida de su alma hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Si nuestra conciencia no nos condena, si somos capaces de declarar nuestro testimonio de victoria en la cara de Satanás y si despreciamos nuestra vida del alma hasta la muerte, sus ataques contra nosotros serán inútiles. Él no puede luchar contra una persona que no intenta ni siquiera preservar su propia vida. Conocemos la historia de Job. Satanás lo atacó porque dudó que Job no tuviera el deseo de preservar su propia vida. El enemigo le dijo a Jehová: “Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora Tu mano, y toca su hueso y su carne y verás si no te maldice en Tu cara” (Job 2:4-5). Satanás sabía que podía derrotar a Job si éste tenía el más mínimo amor por su propia vida. El pasaje de Apocalipsis muestra que Satanás no puede derrotar a alguien que menosprecia la vida del alma hasta la muerte.
Es aquí donde muchos siervos de Dios han fracasado. Ellos aman su propia vida. Permítanme preguntarles: ¿Qué es más importante: preservar nuestra vida o preservar la obra del Señor? ¿Es nuestra propia vida más importante que nuestra responsabilidad? ¿Cuál es más importante: salvar almas o salvar nuestras propias vidas? ¿Es más importante, nuestra propia vida o la iglesia de Dios? ¿Es más importante el testimonio de Dios en la tierra o nuestra propia vida? Nadie que consiente en amarse a sí mismo más que a Dios o su obra es apto para servir a Dios. Aun aquellos que están sufriendo tal vez no sean aptos para servirle. Sólo los que están dispuestos a sufrir, quienes tienen una capacidad ilimitada para experimentar sufrimientos y que desprecian su vida del alma hasta la muerte, pueden servirle. Hoy tenemos que consagrarnos de nuevo al Señor. No nos consagramos al sufrimiento, pero sí estamos listos para sacrificarlo todo. Es posible que el Señor no quiera que perdamos nuestra vida, pero debemos tener la convicción de que despreciamos nuestra vida del alma hasta la muerte. Hermanos y hermanas, muchos fracasos en la obra han sido causados por la pereza del hombre, por tratar de protegerse a sí mismos y por procurar su auto-preservación. No pensemos que los ojos del mundo o los ojos de los demás hermanos y hermanas están ciegos y no ven estas cosas. Cuando salimos a la obra, todos observan si estamos consagrados totalmente o no. Si retenemos algo para nosotros mismos o si tomamos el camino de hacer concesiones, otros lo verán. Cuando el Señor nos llama, Él desea que dejemos todo. Que el Señor nos conceda Su gracia para que ninguno de nosotros se sobreestime a sí mismo, ni ame su vida del alma más que al Señor y su obra. Tenemos que aprender a no amarnos al punto de auto compadecernos.
Éste es nuestro camino; si no lo tomamos, nuestra obra estará limitada. El grado de nuestra disposición para sufrir determinará la medida de trabajo espiritual que desarrollemos. Si nuestra disposición para sufrir es limitada, nuestra obra espiritual también será limitada, la medida en que seamos bendición para otros será limitada, y el resultado de nuestra obra en general también será limitado. No hay medida más precisa para medir la bendición de Dios que el grado de nuestra disposición para aceptar sufrimientos. Si tenemos una capacidad ilimitada para sufrir, experimentaremos la grandeza inagotable de Su bendición.
Estar dispuestos a sufrir demuestra que amamos con el amor de Dios, porque el amor de Dios es sufrido… todo lo sufre y nunca deja de ser… (1 Corintios 13:4-7). Dios es amor, se dispuso a sufrir por amor al hombre.
Watchman Nee
Watchaman Nee se convirtió al cristianismo en China a la edad de diecisiete años y comenzó a escribir en el mismo año. A través de casi treinta años de ministerio se evidenció como un don único del Señor para su iglesia en ese tiempo. En 1952 fue hecho prisionero por su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972. Sus palabras permanecen como una fuente de abundante revelación espiritual para los cristianos de todo el mundo.
Es un material imprescindible para quienes desean servir a otros y extender el reino.
TEMA 3: Estar dispuestos a sufrir
Además de los rasgos del carácter que ya hemos mencionado, todo obrero cristiano debe estar dispuesto a sufrir (1 Pedro 4:1). Esto es crucial. Antes de considerar este asunto desde un punto de vista positivo, primero veamos el concepto cristiano que comúnmente se tiene acerca del sufrimiento. La enseñanza de las Escrituras es muy clara: la intención de Dios no es que Su pueblo sufra. Existe cierta filosofía que fomenta el sufrimiento físico como un medio para privar al cuerpo de todo disfrute.
Los partidarios de esta filosofía sostienen que cualquier tipo de disfrute es malo. Como obreros del Señor y como aquellos que le representan, tenemos que entender claramente que dicha filosofía no debe hallar cabida en la mente de los creyentes. La Palabra misma afirma que Dios no tiene intención de que Sus hijos sufran. La Biblia dice que Dios no nos niega ningún bien. El Salmo 23:1 declara: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará”. Las palabras nada me faltará no quieren decir que nunca tendremos necesidades; más bien, significan que no tenemos necesidad de pedir nada, porque el Señor es nuestro Pastor. Lo que el salmo 23 nos dice es que, cuando tenemos al Señor como nuestro Pastor, nada nos falta. En otras palabras, Dios no tiene la intención de que nos falte nada, sino que Su intención es que estemos llenos. Él no nos quitará ningún bien. La Biblia entera nos presenta un cuadro del cuidado amoroso que el Señor tiene para con nosotros. Él cuidó de Sus fieles, alivió sus angustias y dolores, y trazó una clara distinción entre Su pueblo y las naciones. La tierra de Gosén siempre fue diferente al resto de Egipto; la bendición de Dios siempre estuvo allí. Por otro lado, debemos prestar atención a nunca introducir ningún tipo de filosofía ascética en el cristianismo. Una vez que introducimos en los creyentes algún elemento ajeno, los confundiremos.
Habiendo dejado claro esto, debemos también entender que Dios no exonera a Sus hijos de pruebas o castigos; de hecho, Dios prueba y disciplina a Sus hijos. Sin embargo, tenemos que hacer una clara distinción entre esto y las diferentes formas de ascetismo. En circunstancias comunes, Dios siempre bendice, cuida, sostiene y suple a Sus hijos, pero cuando le es necesario castigar y probar a Sus hijos, no titubea en hacerlo. Esto no significa que los ponga a prueba todos los días, sino que Él disciplina a Sus hijos sólo cuando sea necesario; no lo hace todos los días ni a cada momento. Él no les está enviando pruebas y castigos, constantemente. A menudo recurre a tales métodos, pero no los aplica todo el tiempo. Al contrario, en circunstancias normales siempre los cuida y los provee. Por supuesto, cuando somos testarudos Él permite que nos sobrevengan pruebas y castigos, pero bajo Su provisión normal, Él lleva a cabo lo que comúnmente tiene que hacer. Tenemos que entender claramente que Dios no desea vernos sufrir, sino que reserva todas las buenas cosas para Sus hijos. Por lo que, podemos disfrutar todas las provisiones que Él nos ha dado.
Los tres valientes de David pudieron haberse quedado al lado de él donde estaban seguros, pero cuando le oyeron expresar su deseo de tomar agua del pozo de Belén, ellos arriesgaron sus vidas e irrumpieron por el campamento de los filisteos a fin de sacar esa agua (2 Samuel 23:14-17). El estar dispuesto a sufrir por amor al Señor y a su obra es un asunto de elección, no de imposición. Nosotros escogemos el camino del sufrimiento. Sufrimos voluntariamente por servirle a Él. Según el plan de Dios podemos evitar muchos sufrimientos; no obstante, por causa de servirle a Él, preferimos con gusto un camino diferente al de la gente común. Eso es lo que significa estar dispuestos a sufrir. Tener esta manera de pensar es una necesidad fundamental en el carácter de un siervo de Dios. Sin tal disposición, tendremos poco resultado en nuestra obra, y lo que podamos hacer será muy superficial y de poca calidad. Si un obrero del Señor no tiene la disposición de sufrir, él no puede hacer nada ante los ojos de Dios. Hablemos de varios puntos relacionados con este asunto.
Tenemos que darnos cuenta de que sufrir y estar dispuestos a sufrir son dos cosas muy diferentes. Tener la disposición para sufrir implica tener el deseo de sufrir voluntariamente por Cristo, lo cual significa que tenemos el corazón y la disposición para soportar aflicciones por causa de Él. Este es el significado de estar dispuestos a sufrir. Puede ser que aquellos que tienen la disposición para sufrir no necesariamente estén sufriendo. Sin embargo, mentalmente están preparados para enfrentar cualquier sufrimiento con fortaleza. Por ejemplo, el Señor puede ponernos en circunstancias en las que seamos provistos de comida, ropa y una vivienda bien amueblada. Lo que estamos diciendo no implica que no podamos disfrutar de todas estas cosas que Él nos ha provisto. Si el Señor nos ha dado tal provisión, podemos aceptarla de parte del Señor. Pero interiormente aún debemos estar dispuestos a sufrir por Él. Aunque no estemos sufriendo físicamente, debemos estar dispuestos a ello. No es necesario que suframos externamente, pero internamente debemos estar dispuestos a ello. ¿Estamos dispuestos a sufrir aun cuando las circunstancias sean cómodas y favorables? Tal vez el Señor no disponga que suframos todos los días, pero como obreros Suyos no podemos carecer de la disposición para sufrir, ni siquiera por un solo día. Es posible que no experimentemos sufrimiento todos los días, pero diariamente debemos estar preparados para sufrir.
El problema es que muchos hermanos, y aun familias de obreros cristianos, desean escabullirse apenas les llega alguna aflicción. No están dispuestos a sufrir. Cuando el Señor les provee circunstancias favorables, un suplir material abundante y buena salud, ellos le sirven con gozo. Pero tan pronto como experimentan carencias o aflicción, todo su ser se desploma. Esto implica que no están dispuestos a sufrir. Si no tenemos una disposición para sufrir, no somos capaces de soportar prueba alguna.
Tener la disposición para sufrir significa que siempre estamos preparados delante del Señor para sufrir. Significa que estamos listos para sufrir y que aun escogemos el camino del sufrimiento. Si el Señor no permite que nos sobrevenga algún sufrimiento, eso es asunto Suyo, pero de nuestra parte siempre debemos estar listos para sobrellevarlos. Cuando el Señor cambia Su curso de circunstancias y nos sobrevienen pruebas adversas, debemos aceptarlas como algo normal y no verlo como algo extraño. Si sólo aceptamos las buenas provisiones del Señor pero no somos capaces de aceptar ninguna prueba, sino que nos descarriamos por cualquier inconveniente y dejamos de trabajar, significa que no tenemos la disposición para sufrir. Debemos recordar que nuestra obra no espera por nosotros; debe realizarse cuando haya comida y cuando no la haya; cuando tengamos buena ropa y cuando no la tengamos; cuando nos sintamos gozosos y cuando estemos afligidos; cuando tengamos buena salud y cuando estemos enfermos. Las Escrituras nos muestran que debemos armarnos con una mente que esté preparada para sufrir; es decir, que nuestra mente debe ser un arsenal, un arma para nosotros. Esta clase de mentalidad es un arma poderosa contra la cual Satanás no puede prevalecer. Sin esta mentalidad, nuestra obra cesará tan pronto como experimentamos contratiempos y aflicciones.
Hay algunos hermanos que aunque soportan sufrimientos, no tienen idea de la preciosidad de sus sufrimientos y pasan por ellos sin sentir nada de gratitud hacia el Señor. Incluso hasta murmuran y se quejan constantemente, esperando el día en que sean liberados de su sufrimiento. Ellos oran pero nunca alaban. No aceptan de corazón la disciplina del Espíritu que les ha sobrevenido. Por el contrario, oran para que esos días de prueba pasen rápidamente. Su actitud delata su falta de disposición para sufrir. Hermanos y hermanas, si durante los tiempos de paz no tenemos la disposición para sufrir, sólo seremos aptos para viajar por los caminos cómodos. Una vez que el camino se torne escabroso, abandonaremos el servicio del Señor. Esto no hará que progresemos mucho. Permítanme repetir: tener una disposición para sufrir es muy distinto al sufrimiento mismo. Si contamos con una disposición para sufrir, el Señor no necesariamente nos enviará sufrimientos, pero cuando enfrentemos situaciones adversas estaremos preparados interiormente y no retrocederemos. Aquellos que sufren no necesariamente tienen la disposición para sufrir. Muchas personas sufren sin estar dispuestas a sufrir. Entre los que sufren, puede haber unos que estén dispuestos a sufrir, y otros que no lo estén. Muchos hermanos y hermanas cuando enfrentan sufrimientos y aflicciones, se quejan y piden ayuda día tras día. Oran todos los días para ser liberados de su aflicción. No están dispuestos a sufrir en lo absoluto; están sufriendo, pero no tienen la disposición para ello. Los hermanos y hermanas que están pasando sufrimientos por causa de su salud, sus finanzas o con otros asuntos, deben entender que para el Señor lo único que es precioso es la disposición para sufrir. Él no le presta atención al hecho de que estemos sufriendo. Por lo que no debemos pensar que estamos sufriendo por el Señor simplemente porque estamos pasando por pruebas. Puede ser cierto que nuestra situación no sea placentera, pero ¿cuánto estamos dispuestos a sufrir? ¿Cuánto de este sufrimiento es por nuestra propia elección? ¿O lo único que hacemos es murmurar, guardar resentimientos, sentir lástima por nosotros mismos y justificarnos? Es posible que experimentemos un gran número de angustias y penurias sin estar dispuestos a sufrir. Tener la disposición para sufrir es algo mucho más profundo que el sufrimiento en sí. Quizás aquellos que tienen el corazón para sufrir no pasen ningún sufrimiento externo y que aquellos que están sufriendo externamente no tengan ninguna disposición para sufrir. ¿Pueden ver la diferencia? Es como decir que aquellos que son pobres en cosas materiales no necesariamente son pobres en sus espíritus. Muchas personas son materialmente pobres, pero no lo son espiritualmente. Del mismo modo, muchos hermanos y hermanas ciertamente están sufriendo sin tener interiormente ninguna disposición para ello. Si el Señor les diera la opción de escoger, definitivamente escogerían no sufrir en lo absoluto, no digamos por un mes, ni por un día, ni siquiera por un solo minuto de su tiempo. No tienen ninguna disposición para sufrir. Si alguien no está dispuesto a sufrir, no puede avanzar en su obra. Cuando las demandas externas vayan más allá de su habilidad interna, simplemente se echará atrás. Cuando una situación requiera de un esfuerzo adicional, no contará con las fuerzas necesarias para hacerlo. No será capaz de abandonar sus propios tesoros; sólo podrá llevar a cabo un trabajo sencillo en un ambiente propicio. Es necesario que el Señor le quite todos los obstáculos para poder trabajar cómodamente. Es sorprendente ver que muchos siervos del Señor tengan tal demanda.
Debemos entender con claridad lo que significa estar dispuestos a sufrir. Es posible que un hermano que viva en tranquilidad esté más dispuesto a sufrir que uno que vive en tribulaciones. El primero puede estar preparado a sufrir por el Señor; y el segundo, aunque pase por más sufrimientos, no tiene el deseo de sufrir por el Señor. Tal vez las circunstancias de uno presenten pocas dificultades, mientras que el otro esté en gran aflicción. Hablando humanamente, pareciera que el que está en gran aflicción es el que está sufriendo, pero a los ojos del Señor, tiene más valor el que tiene la disposición para sufrir, aunque experimente menos dificultades. No debemos pensar que el sufrimiento en sí mismo nos hace aptos para servir. Debemos recordar que para satisfacer las demandas de Dios se requiere que estemos dispuestos a sufrir. Tenemos que armarnos de esta disposición. Si no la tenemos, no hay posibilidad de pelear la guerra espiritual, pues tan pronto como enfrentemos problemas, retrocederemos, y tan pronto suba el precio a pagar, nos rendiremos. Apenas el Señor permita que enfrentemos algo de aflicción, emprenderemos la retirada. Lo importante no es cuánto sufrimiento experimente una persona, sino cuán dispuesta esté para sufrir. Según nuestro concepto natural, concluiríamos que un hermano que sufre mucho conoce la gracia de Dios en mayor medida, pero muchas veces cuando nos encontramos con ese hermano, no recibimos ninguna ayuda de él. Muy pronto podremos darnos cuenta de que él no está dispuesto a sufrir; sólo sufre de mala gana. Si se le diera a escoger, evitaría las pruebas tan pronto como le fuera posible. A lo mejor, realmente esté sufriendo, pero no ha cedido al sufrimiento y pasa a través de tal experiencia renuentemente. No ha aprendido ninguna lección ante el Señor e internamente está lleno de rebeldía. Esto nos muestra que estar dispuestos a sufrir es muy diferente al sufrimiento mismo. Lo que el Señor atesora es que tengamos una disposición para sufrir, una actitud consciente de que estamos preparados para sufrir, y no la experiencia del sufrimiento en sí misma. No podemos reemplazar la disposición para sufrir con el sufrimiento mismo.
Ahora debemos considerar algunos problemas comunes que encontramos en la obra del Señor. Supongamos que nuestra obra enfrenta dificultades financieras. ¿Qué debemos hacer cuando Dios nos pone a prueba haciéndonos pasar por escasez material? Si la carencia económica nos hace interrumpir nuestra obra, ciertamente el Señor pondrá en duda nuestra labor. Probablemente Él se pregunte: “¿Cuáles son tus motivos para servirme?”. Hermanos y hermanas, el éxito en nuestra obra depende en gran parte de si estamos dispuestos a sufrir. No podemos abandonar la obra simplemente porque se nos presente un pequeño inconveniente o porque una pruebita nos moleste. Ningún siervo de Cristo puede estipular que saldrá a trabajar siempre y cuando salga el sol, pero se quedará en su casa cuando llueva. Si tenemos una mente dispuesta a sufrir, desafiaremos las dificultades, las adversidades, las enfermedades e incluso la muerte. Si tenemos una mente dispuesta a sufrir, podremos hacerle frente al diablo y declarar: “¡Seguiré adelante sin importar lo que me pase!”. Pero si tenemos algún temor, Satanás siempre nos amenazará y nos derrotará con aquello a lo que le tememos interiormente. Si decimos: “¡No temo al hambre!”, Satanás no podrá hacernos nada enviándonos hambre; simplemente tendrá que huir. Si decimos: “¡No le temo al frío!”, el enemigo tampoco podrá hacernos nada enviándonos un clima frío, y tendrá que huir nuevamente. Pero si decimos: “¡Le temo a la enfermedad!”, Satanás de seguro nos enviará enfermedad, porque él sabe que esa enfermedad nos desanimará. En cambio, si decimos: “¡No le temo a la enfermedad!”, él no podrá hacernos nada. Si no tenemos una disposición para sufrir, Satanás usará aquello a lo que más le tememos para atacarnos, y seremos derrotados. Todo siervo de Dios tiene que estar bien preparado para sufrir y no temerle a nada. Cuando nos acontezca esto o aquello, debemos persistir. Tenemos que persistir cuando le sobrevengan pruebas a nuestra familia o cuando nos enfermemos. Tenemos que persistir aun cuando pasemos hambre o frío. Si interiormente tenemos esta actitud, Satanás no podrá hacernos nada porque estamos dispuestos a sufrir. Pero si no tenemos esta disposición para sufrir, caeremos tan pronto Satanás nos haga frente con aquello mismo a lo que le tememos. Si este es el caso, retrocederemos en la obra de Dios y llegaremos a ser inútiles.
Hermanos y hermanas, debemos declararle al Señor: “Por causa de Tu amor y el poder de Tu gracia, me comprometo a hacer la obra sin importar las consecuencias, ya sea el cielo o el infierno. ¡Esta será mi posición, nada me hará desistir de ello!”. Si no tenemos tal manera de pensar, Satanás aprovechará nuestra debilidad para acabar con nosotros y comprobar que no somos capaces de nada. Tenemos que orar pidiendo misericordia a fin de conocer lo que significa tener una mente dispuesta a sufrir. Tener una mente dispuesta a sufrir equivale a tomar la determinación de estar del lado del Señor, no importa lo que el futuro nos depare ni las circunstancias que podamos afrontar. Nuestra disposición para sufrir no necesariamente nos lleva al sufrimiento. Es posible que no suframos, pero tal convicción interior siempre estará presente. Si no existe tal convicción y determinación en nosotros, una pequeña dificultad nos derrotará; pero si tenemos esta convicción, ya sea que tengamos problemas o no los tengamos, eso nos tendrá sin cuidado. ¿Entienden lo que estoy diciendo? El camino del servicio para un cristiano no es necesariamente un camino de sufrimiento, sino uno en el que debemos estar dispuestos a sufrir. Si este es nuestro caso, podremos darle gracias al Señor cuando Él nos provee alimento y vestido, y también podremos darle gracias si no nos lo provee. Estas cosas no significarán mucho para nosotros; es lo mismo que tengamos abundancia o escasez. Debemos entender que por ser creyentes no tenemos que ir en búsqueda de sufrimientos. Sin embargo, ciertamente debemos tener una mente dispuesta a sufrir. El cristiano debe estar preparado para llevar a cabo su tarea sin importar que haya dificultades en el camino o no. No retrocede ante ninguna dificultad. Si no resuelve el asunto de su disposición, no podrá resolver ningún otro asunto. Supongamos que usted tiene que viajar. Si se encuentra físicamente débil, es de esperar que requiera de una cama más cómoda que la que necesita una persona saludable. Pero si dice: “Yo debo tener una cama cómoda porque no estoy tan saludable”, usted será vulnerable ante el enemigo en ese particular; así que, él le dará una cama incómoda. Más si usted tiene una mente dispuesta a sufrir, no le dará importancia al asunto de la cama y continuará con su obra. Sin embargo, no habrá virtud alguna si se le provee una cama cómoda, y usted la rechaza y prefiere dormir en el piso. Si el Señor le provee una cama confortable, acéptela, y si Él le da una cama incómoda, también acéptela. Usted debe continuar con su labor sin importar cuán mala sea la cama. Jamás debe abandonar su labor por causa de una cama. Esta actitud es lo que la Biblia quiere decir con tener una mente dispuesta a sufrir. Algunos hermanos tienen muy escasas provisiones materiales en su vida. Sin embargo, esto no necesariamente significa que ellos tengan más disposición para sufrir. No debemos pensar que los cristianos que viven en circunstancias poco favorables tienen por consecuencia más disposición para sufrir que aquellos que viven en circunstancias más favorables. Sólo aquellos que se han consagrado al Señor tienen realmente una disposición para sufrir. Una mente dispuesta a sufrir no es limitada por nada; no tiene fondo. Supongamos que al ir a cierto lugar uno tenga que dormir en el piso y que en otro lugar no tenga ni eso, sino que su cama sea un poco de paja en el fango. ¿Qué haría usted? Algunos se esfuerzan por dormir en una cama así y ellos de hecho están sufriendo, pero su sufrimiento tiene un límite. Tal vez puedan tolerar un piso duro, pero nada más. Ellos parecen decirles a los demás que se han rebajado demasiado y que ya no pueden rebajarse más. Esto es tener la experiencia de sufrir sin tener la disposición para ello. Algunos hermanos pasan sus vidas con relativa comodidad y disfrute, pero son capaces de ajustarse a normas de vida más bajas y estar contentos con ello. Son capaces de dormir en un piso duro como también en un lecho de paja. No se quejan, y con gozo toman lo que se les ofrece. Esto es lo que significa tener una disposición para sufrir. Dios está llamándonos para que tengamos una disposición para sufrir. Debemos recordar que esto no es un asunto meramente de sufrir, sino de tener una disposición para sufrir. Para servir al Señor se requiere de una mente dispuesta a sufrir; de lo contrario, Dios no puede usarnos. Aquellos que no son capaces de sufrir se derrumban ante la más leve prueba; abandonan su obra tan pronto como Satanás pone alguna dificultad en su camino. Hermanos y hermanas, ¿pueden ver esto? Contar con una mente dispuesta a sufrir significa tener la habilidad de bajar el nivel de vida de una manera incondicional.
Además, no es una cuestión de cuánto suframos, sino cuál es el grado de sufrimiento que podemos soportar. El sufrimiento no es una necesidad, pero estar dispuestos a sufrir sí lo es. La intención del Señor no es mantenernos en sufrimientos, sino forjar en nosotros una disposición para sufrir. Ningún hermano o hermana que esté aprendiendo a servir al Señor será fuerte si no cuenta con esta disposición para sufrir. Si no tenemos tal disposición, seremos el más débil de todos los hombres. Tan pronto enfrentemos alguna dificultad, brotará la autocompasión. Lloraremos y nos quejaremos, diciendo: “¿Por qué me sucede esto a mí?”. En cierta ocasión, una hermana quien había estado sirviendo al Señor por años fue a ver a otra hermana que estaba llorando, y le preguntó: “¿Por quién estás derramando lágrimas?”. Muchas personas sólo lloran por sí mismas. Ellas se consideran a sí mismas muy queridas y valiosas y se lamentan por su situación; pero las lágrimas que derraman son por ellas mismas. Tales personas son las más débiles de todo el mundo; se derrumban tan pronto se enfrentan con el más leve desafío.
Lo importante cuando llegan las pruebas y las aflicciones es en dónde ponemos nuestro corazón. Por un lado, está nuestro sufrimiento; por otro, está la obra del Señor. Si no tenemos una mente dispuesta a sufrir, de inmediato sacrificaremos la obra del Señor. ¡Estaremos muy ocupados compadeciéndonos de nosotros mismos y preocupándonos por nuestra persona, que no nos quedará la energía suficiente para ocuparnos de la obra del Señor! Hermanos y hermanas, tenemos que aprender a desarrollar una disposición para sufrir. Si abandonamos la obra, ciertamente nuestros sufrimientos terminarán, pero también es cierto que la obra sufrirá pérdida. Si carecemos de una mente dispuesta a sufrir, Satanás puede lograr que en cualquier momento sacrifiquemos nuestra obra y la abandonemos. Debemos recordar delante del Señor que estamos aquí para respetar y sostener la gloria de Dios. Dios puede determinar que vivamos o que muramos, pero de nuestra parte debemos ser fieles a nuestra responsabilidad. No podemos abandonar nuestra obra; debemos persistir hasta el fin. No deseamos ver que los hermanos y hermanas pasen por sufrimientos. Hasta donde sea posible, es bueno que ellos se ocupen de satisfacer sus necesidades diarias con moderación. No les pedimos que busquen sufrir deliberadamente, ni le imponemos sufrimientos a nadie. Nuestra esperanza es que Dios supla todas nuestras necesidades. Pero debemos darnos cuenta de que es muy necesario tener una disposición para sufrir. Por un lado, tenemos que creer que Dios no retiene ningún bien para con nosotros; por otro lado, es necesario que tengamos una disposición para sufrir. Si no la tenemos, nos derrumbaremos tan pronto como enfrentemos dificultades y contratiempos en nuestras vidas.
Naturalmente surge una pregunta: ¿Hasta qué punto debemos estar preparados para sufrir? La norma que establece la Biblia es: “Sé fiel hasta la muerte” (Apocalipsis 2:10). En otras palabras, tenemos que estar preparados para cualquier sufrimiento, incluso para sufrir la muerte. Por supuesto, no queremos ser extremistas, pero no hacemos concesiones en cuanto a estar dispuestos a sufrir. Si hubiera, preferiríamos dejar que el propio Señor lo haga todo, o incluso preferiríamos que la iglesia o los hermanos más maduros nos equilibren en este asunto. Por nuestra parte, tenemos que entregarnos del todo. Si nosotros mismos transigimos, ¿cómo podríamos ser eficientes en nuestra obra? No tendríamos manera de seguir adelante. Si valoramos mucho nuestra vida y andamos con cautela todo el tiempo, no lograremos hacer mucho en la obra de Dios. Todos tenemos que ser fieles aun hasta la muerte. Este es nuestro camino. El Señor no ha de sacrificar nuestra vida sólo porque le prometimos ser fieles hasta el fin. No obstante, la preservación de nuestra vida es un asunto que depende del Señor, no de nosotros mismos. Solamente del Señor depende arreglar todo lo que nos suceda. De nuestra parte, tenemos que estar preparados para sacrificarnos. Debemos estar preparados para enfrentar cualquier clase de sufrimiento. Hermanos y hermanas, si aman mucho su vida, no podrán ser fieles hasta la muerte. Aquellos que son fieles hasta la muerte no aman tanto su propia vida. Este es el requisito básico que nos impone el Señor. Nuestra disposición para sufrir debe ser tan fuerte, que podamos decir: “¡Señor, moriré por Ti! No me interesan las circunstancias que pueda haber alrededor de mí. ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por Ti!”. Sin tal determinación, cesaremos de trabajar tan pronto vengan las dificultades. Todo obrero del Señor tiene que aprender a amarse a sí mismo de forma equilibrada. Aquellos que se aman demasiado a sí mismos están limitados en su obra. Cuando llegan a cierto punto, se detienen. Dios busca hombres que le sirvan incondicionalmente, y desea que ellos estén dispuestos a poner su vida a un lado para servirle (Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33). Por nuestra parte, no debemos preocuparnos por hacer provisión para nosotros mismos, sino por tener una disposición absoluta para sufrir. Permítanme repetir: No tenemos que sufrir, pero debemos tener una disposición para ello. Siempre tenemos que estar listos para echar a un lado toda preocupación o ansiedad. Tenemos que echar a un lado las dificultades externas e incluso estar dispuestos a sacrificar nuestra propia salud. Si nos amamos desmedidamente y tenemos temor de consagrarnos en forma absoluta no podremos lograr mucho. Tenemos que decirle al Señor: “Estoy dispuesto a consagrarlo todo. De ahora en adelante, ningún sufrimiento me privará de servirte. ¡Esta es mi elección, no importa lo que venga, sea muerte, vida, sufrimiento o gozo!”.
Hermanos y hermanas, sólo una cosa es efectiva: un servicio que es fiel hasta la muerte. Mientras más mantengamos esta posición, menos daño podrá hacernos Satanás. No tendrá lugar donde huir. Aquellos que se aman a sí mismos están realmente atados por ellos mismos. Apenas sufren un poco, comienzan a llorar y quejarse interminablemente. ¡Se aman demasiado a sí mismos! Si dejamos de amarnos tanto a nosotros mismos, el llanto y las quejas desaparecerán. Como aquellos que hemos tomado este camino, tenemos que renunciar a nuestras propias vidas. Si hemos de tomar este camino, debemos decirle al Señor: “Puede ser que el camino que haz ordenado para mí no sea uno de sufrimiento; no obstante, estoy listo para enfrentar cualquier sufrimiento”. Perdónenme por repetir esto una y otra vez, pero tenemos que darnos cuenta de que aunque nuestro sufrimiento sea limitado, nuestra disposición para sufrir debe ser ilimitada. La medida de sufrimiento que el Señor nos ha asignado puede ser limitada, pero debemos estar listos para sufrir de forma ilimitada (1 Pedro 2:20-25). Si nuestra disposición para sufrir es limitada, significa que no tenemos una mente para sufrir, y que no podremos ir muy lejos. Esta es una demanda muy elevada, pero eso es lo que el Señor busca. Cualquier cosa que sea menos que esto, indica que no somos aptos para servirle a Él. No debemos pensar que nuestra disposición para sufrir se limita a una pequeña dosis de sufrimiento. No es así, sino que la disposición para sufrir no tiene límites; ni siquiera es limitada por la muerte. Si bajamos la norma, no resistiremos ninguna tentación de parte de Satanás. “Y ellos le han vencido por causa de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y despreciaron la vida de su alma hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Si nuestra conciencia no nos condena, si somos capaces de declarar nuestro testimonio de victoria en la cara de Satanás y si despreciamos nuestra vida del alma hasta la muerte, sus ataques contra nosotros serán inútiles. Él no puede luchar contra una persona que no intenta ni siquiera preservar su propia vida. Conocemos la historia de Job. Satanás lo atacó porque dudó que Job no tuviera el deseo de preservar su propia vida. El enemigo le dijo a Jehová: “Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora Tu mano, y toca su hueso y su carne y verás si no te maldice en Tu cara” (Job 2:4-5). Satanás sabía que podía derrotar a Job si éste tenía el más mínimo amor por su propia vida. El pasaje de Apocalipsis muestra que Satanás no puede derrotar a alguien que menosprecia la vida del alma hasta la muerte.
Es aquí donde muchos siervos de Dios han fracasado. Ellos aman su propia vida. Permítanme preguntarles: ¿Qué es más importante: preservar nuestra vida o preservar la obra del Señor? ¿Es nuestra propia vida más importante que nuestra responsabilidad? ¿Cuál es más importante: salvar almas o salvar nuestras propias vidas? ¿Es más importante, nuestra propia vida o la iglesia de Dios? ¿Es más importante el testimonio de Dios en la tierra o nuestra propia vida? Nadie que consiente en amarse a sí mismo más que a Dios o su obra es apto para servir a Dios. Aun aquellos que están sufriendo tal vez no sean aptos para servirle. Sólo los que están dispuestos a sufrir, quienes tienen una capacidad ilimitada para experimentar sufrimientos y que desprecian su vida del alma hasta la muerte, pueden servirle. Hoy tenemos que consagrarnos de nuevo al Señor. No nos consagramos al sufrimiento, pero sí estamos listos para sacrificarlo todo. Es posible que el Señor no quiera que perdamos nuestra vida, pero debemos tener la convicción de que despreciamos nuestra vida del alma hasta la muerte. Hermanos y hermanas, muchos fracasos en la obra han sido causados por la pereza del hombre, por tratar de protegerse a sí mismos y por procurar su auto-preservación. No pensemos que los ojos del mundo o los ojos de los demás hermanos y hermanas están ciegos y no ven estas cosas. Cuando salimos a la obra, todos observan si estamos consagrados totalmente o no. Si retenemos algo para nosotros mismos o si tomamos el camino de hacer concesiones, otros lo verán. Cuando el Señor nos llama, Él desea que dejemos todo. Que el Señor nos conceda Su gracia para que ninguno de nosotros se sobreestime a sí mismo, ni ame su vida del alma más que al Señor y su obra. Tenemos que aprender a no amarnos al punto de auto compadecernos.
Éste es nuestro camino; si no lo tomamos, nuestra obra estará limitada. El grado de nuestra disposición para sufrir determinará la medida de trabajo espiritual que desarrollemos. Si nuestra disposición para sufrir es limitada, nuestra obra espiritual también será limitada, la medida en que seamos bendición para otros será limitada, y el resultado de nuestra obra en general también será limitado. No hay medida más precisa para medir la bendición de Dios que el grado de nuestra disposición para aceptar sufrimientos. Si tenemos una capacidad ilimitada para sufrir, experimentaremos la grandeza inagotable de Su bendición.
Estar dispuestos a sufrir demuestra que amamos con el amor de Dios, porque el amor de Dios es sufrido… todo lo sufre y nunca deja de ser… (1 Corintios 13:4-7). Dios es amor, se dispuso a sufrir por amor al hombre.
Watchman Nee
Watchaman Nee se convirtió al cristianismo en China a la edad de diecisiete años y comenzó a escribir en el mismo año. A través de casi treinta años de ministerio se evidenció como un don único del Señor para su iglesia en ese tiempo. En 1952 fue hecho prisionero por su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972. Sus palabras permanecen como una fuente de abundante revelación espiritual para los cristianos de todo el mundo.
domingo, 5 de junio de 2011
EL CARACTER DEL OBRERO
Este es la segunda de una serie de diez conferencias impartidas por Watchman Nee y publicadas bajo el título: El Carácter de Obrero de Dios.
TEMA 2
Debe amar a todos los seres humanos
El obrero del Señor debe amar a todos los seres humanos, no sólo a los hermanos. El rey Salomón dijo: “El que escarnece al pobre afrenta a su Hacedor” (Proverbios 17:5). Dios creó todo el linaje humano; por lo tanto, todos los seres humanos merecen nuestro amor. Si un siervo u obrero del Señor carece de amor fraternal, o si sólo tiene amor para con los hermanos pero no para con todos los hombres, no es apto para servir al Señor.
Para servir al Señor debemos tener amor, un afecto genuino, para con todos los hombres. Pero si sentimos enfado, molestia o menosprecio hacia las personas, no estamos calificados para ser siervos de Dios. Debemos estar conscientes de que a los ojos de Dios todos los hombres fueron creados por Él. Ciertamente el hombre ha caído, pero también ha llegado a ser el objeto de la redención del Señor.
Aunque el hombre es terco por naturaleza, el Espíritu Santo ha escogido al hombre y ha determinado darle un toque personal. Aun el propio Señor Jesús se hizo hombre cuando vino a la tierra. Y se hizo un hombre igual que cualquiera; creció gradualmente desde la infancia hasta la madurez. La intención de Dios al encarnarse fue establecer la “norma” para el hombre, un hombre representativo en quien todos los planes de Dios pudieran realizarse. Después de la ascensión del Señor Jesús, la iglesia llegó a existir, la cual es el “nuevo hombre”. El plan completo de redención incluye que el hombre sea elevado y glorificado. Si realmente entendemos la Palabra de Dios, comprenderemos que el término hijos de Dios no es tan importante como el término hombre, y entenderemos que el plan de Dios, Su elección y predestinación, tienen como meta obtener un hombre glorificado. Cuando nos damos cuenta del lugar que ocupa el hombre en el propósito de Dios, y cuando vemos que todo el plan de Dios se centra en el hombre y comprendemos por qué el propio Señor se humilló a Sí mismo haciéndose hombre, aprendemos a valorar a todos los hombres. Cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, dijo: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La palabra del Señor dice claramente que el Hijo del Hombre vino a servir a muchos. En este pasaje, “muchos” no se refiere a la iglesia ni a los hijos de Dios, sino a todos los hombres. Además, Él no dijo que el Hijo de Dios vino a servir, sino que fue el Hijo del Hombre quien vino. Aquí vemos la actitud del Señor para con el hombre.
Un problema serio de muchos que trabajan en la obra de Dios es su falta total de amor y respeto para el hombre, y el fracaso que tienen de darse cuenta del valor que tiene el ser humano a los ojos de Dios. Tal vez sintamos que hemos logrado un gran avance por el hecho de que hemos empezado a amar a los hermanos, especialmente si antes no amábamos a nadie. Y debido a que ahora amamos un poco a los hermanos, pensamos que eso es un logro extraordinario. Pero hermanos y hermanas, esto no es suficiente. Necesitamos que Dios nos ensanche; tenemos que entender lo valioso que son todos los hombres para Dios. La edificación de nuestra obra espiritual dependerá de la medida de amor e interés que sintamos hacia las personas. Me gustaría saber si sólo mostramos interés en ciertas personas prometedoras y sobresalientes, o si realmente nos interesa el hombre en general. Éste es un asunto de gran importancia. El hecho de que el Hijo del Hombre viniera a la tierra implica que el Señor estaba intensamente interesado en el hombre; estaba tan interesado en el hombre que Él se hizo un hombre. El Señor estaba sumamente interesado en el hombre, pero ¿cuál es el grado de nuestro interés? Tal vez despreciemos a éste o aquel individuo; pero ¿cómo ve el Señor a esta gente? El Señor dijo que el Hijo del Hombre vino. Esto significa que Él vino entre los hombres como el Hijo del Hombre. También significa que Él tenía un interés por el hombre, que tenía un sentir por el hombre y que tenía un gran respeto por el hombre. El hombre es tan valioso para Él que asumió la posición de hombre para poder servir a los hombres. Es asombroso ver que muchos hijos de Dios tengan tan poco interés por sus semejantes. No es mucho lo que podamos hacer al respecto; sin embargo, tal apatía nos indigna. Hermanos y hermanas, ¿comprenden el significado de la frase el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir? Debemos considerar estas palabras delante del Señor. Ellas nos hablan del cuidado que Cristo tiene por el hombre. Es erróneo que alguien diga: “Estoy entre los hombres, mas no tengo ningún interés por ellos”.
El interés por las personas es un requisito básico en la vida de todos los obreros. Esto no quiere decir que sólo debamos escoger a ciertos individuos y que debamos interesarnos y ser afectuosos exclusivamente con ellos, sino que debemos interesarnos en todos los hombres. Presten atención al Señor Jesús, cuya característica sobresaliente es que tenía sentimientos y amor por todos sin excepción. Él estaba tan interesado en el hombre que pudo decir: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”. Si cuando vamos a cierto lugar, no tenemos la actitud de ser servidos por otros sino que nosotros vamos a servirles, tendremos la misma actitud que menciona el Señor en este pasaje. Si hiciéramos esto estaríamos en la senda y la posición correctas. Los siervos de Dios no deben reservar su amor egoístamente sólo para los hermanos; un obrero del Señor que hace esto será un fracaso total. El amor fraternal no debe encabezar la lista, sino que debe ser algo adicional a nuestro amor por todos los hombres. Tenemos que amar a todos los hombres. Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo”. ¿A qué se refiere la expresión al mundo? Se refiere a todas las personas de este mundo, incluyendo a los que no son salvos y aun aquellas que no tienen conocimiento de Dios. Dios ama al mundo; a toda la humanidad. Éste es el significado de la cláusula de tal manera amó Dios al mundo. Si Dios ama a todos pero usted no lo hace, o extiende su amor a alguien solamente después que llega a ser su hermano, su corazón es distinto al corazón del Señor y usted no está calificado para servir a Dios. Su corazón debe ensancharse al grado que ame a todos los hombres y se interese por todos los hombres. Si alguien es un ser humano, usted debe interesarse en él. Ésta es la única manera de servir a Dios.
El Señor Jesús dijo, “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45). En otras palabras, el Señor nunca pidió nada de los hombres. Del mismo modo, nosotros debemos interesarnos en los seres humanos y debemos apreciarlos. Además, no debemos sacar provecho de nadie, ni esperar ser servidos por los hombres. Mucho menos debemos avergonzar o herir los sentimientos de nadie. Por años nos hemos acostumbrado a dirigirnos a los seres humanos como “nuestros semejantes”; sin embargo, éste no debe ser un simple término, porque esto hace referencia a sentimientos. Por ejemplo, tenemos cierto afecto especial para los hermanos. Sentimos un amor fraternal para con los hermanos en Cristo; pero quisiera saber si sentimos lo mismo por todos los hombres, a los que llamamos “nuestros semejantes”. ¿Realmente sentimos que ellos son “nuestros semejantes”? Si no tenemos tal sentir, no podemos servir a Dios. Todos los siervos del Señor deben tener tal corazón amplio. Nuestro corazón debe ser tan amplio que pueda incluir a todos los hombres. Los siervos de Dios deben ser capaces de albergar en su seno a todo el linaje humano. El mayor problema entre muchos obreros es que carecen de tal amor por el hombre. Aun su amor por los hermanos es escaso; mucho más, o casi inexistente, será su amor por todos los hombres. ¡Quizás en el mejor de los casos pueden amar sólo a uno de cada cien o incluso a uno de cada diez mil! Si ésta es nuestra condición, ciertamente no tenemos amor por la humanidad. Debemos tener presente que Dios es nuestro Creador y que todos nosotros somos Sus criaturas; todos son nuestros semejantes, y todos somos seres humanos. Debemos ensanchar la capacidad de nuestro corazón para amar a todas las personas, a todos nuestros semejantes, ya que todos fueron creados por Dios. No debemos permitir que sufran, ni debemos aprovecharnos de ellos, ni tenemos que esperar ser servidos por ellos. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, no debemos aprovecharnos de otros en ninguna forma. Debemos comprender que es vergonzoso que un cristiano se aproveche de sus semejantes mientras está en la tierra. Es erróneo aprovecharse de los hermanos y es igualmente erróneo tomar ventaja de cualquier otro. En lo que se refiere a recibir de otros, la actitud básica de nuestro Señor fue de servir más que ser servido. Debemos rechazar la actitud egoísta de recibir los servicios y bienes de otros, a costa de su sacrificio y pérdida, sin nosotros antes tener esta actitud de servir y sacrificarnos por otros.
Los hijos de Dios nunca deben sacar provecho de nadie, no sólo porque el Señor lo prohíbe, sino porque todos los seres humanos son nuestros semejantes. Debemos comprender que todos los seres humanos son preciosos a los ojos de Dios. Si no cultivamos un interés genuino por el hombre, nuestra obra tendrá un valor muy limitado ante los ojos de Dios, sin importar cuán grande pueda parecer exteriormente. Dios anhela ver que Sus siervos ensanchen su capacidad e interés por todos los seres humanos. Ésta es la única manera de ser personas llenas de gracia, y es la única manera en que podemos servir al Señor.
Marcos 10:45 dice: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos.” Lucas 19:10 dice: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Por otra parte, Juan 10:10 dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. El Señor Jesús vino a la tierra por causa del hombre. Según Marcos 10, Él vino a servir a los hombres al grado de dar Su vida para rescatarlos. El propósito de Su venida fue servir a los hombres, y en este servicio le fue necesario dar Su vida en rescate por ellos y eso es lo que hizo. El hecho de entregarse como rescate fue el acto más alto y supremo de Su servicio al hombre. El Señor dijo que el Hijo del Hombre no vino únicamente para ser el rescate por el hombre; sino aun más, dijo que Él vino “para servir”. La meta de Su venida era servir a la humanidad. Él tenía un gran interés en el hombre y lo consideraba sumamente precioso y digno de Su amor y servicio. El Señor sirvió al hombre hasta tal grado que llegó a ser su Salvador a fin de satisfacer su necesidad. Esa fue la razón por la que dio Su vida como rescate. Si predicamos el evangelio del sacrificio del Señor al dar Su vida como rescate, y no poseemos el mismo corazón de servicio que tiene el Señor, no somos dignos de ser llamados obreros Suyos. El hombre es precioso. Por esta razón, el Señor no dijo que “el Hijo de Dios” había venido a servir, sino que era “el Hijo del Hombre” quien había venido a servir. El Señor Jesús primero amó y sirvió a los hombres, y luego dio Su vida por ellos. El amor viene primero y el sacrificio de la vida viene después. Cuando trabajamos entre los hombres, no podemos predicar acerca del sacrificio del Señor sin tener primero un amor genuino por ellos. No debemos pensar que podemos primero predicarles acerca de Su sacrificio y después amarlos una vez que hayan recibido al Señor. Si nosotros no estamos interesados por los hombres ni los consideramos preciosos como Dios los considera, y si no estamos conscientes de que todos somos criaturas de Dios, no podemos predicar acerca de Su sacrificio. Si nunca hemos sido afectados por la expresión Dios creó al hombre o tenemos poco sentimiento por esto, estamos incapacitados para predicar acerca del sacrificio de Cristo. Hermanos y hermanas, primero tenemos que amar a todos los hombres para después poder conducirlos al Señor. No podemos frenar nuestro amor hasta que ellos reciban al Señor o hasta que lleguen a ser nuestros hermanos. Lamentablemente, éste es un problema con muchas personas; ellos están carentes en cuanto a este asunto. Muchos no pueden amar a una persona hasta que ésta llega a ser un creyente; ésta no es la manera en que nuestro Señor obra. Él primero amó, y luego dio Su vida. Aquellos que predicamos acerca de Su redención, debemos amar primero y después predicar acerca de Su redención. Nuestro Señor primero sirvió y mostró misericordia a los hombres, antes de dar Su vida como rescate por ellos. De la misma manera, nosotros debemos tener un verdadero interés por los hombres y considerarlos dignos de nuestro amor y gracia, antes de que les presentemos la redención del Señor.
Si Dios abre nuestro corazón para que podamos ver que somos compañeros entre todos los hombres, nuestra actitud hacia ellos cambiará radicalmente. Descubriremos que el hombre es encantador y precioso para nosotros. Necesitamos comprender lo precioso que es el hombre a los ojos de Dios, debido a que Él lo creó a Su semejanza. Incluso hoy, el hombre aún conserva la semejanza de su Creador. Así que, no podremos ser siervos del hombre si no lo tenemos como el objeto de nuestro afecto. Repito, debemos darnos cuenta de lo apreciable y valioso que es el hombre a los ojos de Dios. Muchos hermanos y hermanas tienen una actitud, temperamento y sentimiento totalmente erróneos hacia sus semejantes; los consideran una carga, fastidio o molestia. Este sentir es totalmente equivocado. Debemos aprender a ver al hombre como la creación de Dios, como poseedor de la imagen de Dios. Aunque el hombre haya caído, su futuro sigue siendo promisorio. Si valoramos y apreciamos al hombre, no sentiremos que éste sea una carga, fastidio o molestia para nosotros. El Señor fue a la cruz por el hombre. ¿Puede nuestro amor ser menos que esto? Si somos afectados por el Señor en una manera genuina, y si realmente vemos la meta que el Señor tenía al venir a la tierra, espontáneamente concluiremos que el hombre es muy valioso. Es imposible que alguien tenga un conocimiento genuino del Señor y pueda menospreciar al hombre.
El hombre es digno de nuestro amor. Todos los pecados pueden ser perdonados, por lo que podemos ser comprensivos con todas las debilidades y actividades de la carne. Somos pecadores y sabemos lo que eso significa; sin embargo, al mismo tiempo, sabemos que el hombre es precioso. Debemos tener presente que el Señor no murió por los hombres debido a que ellos eran muchos. Él dijo que el Buen Pastor dejó a todas las ovejas para buscar a una perdida. En otras palabras, Él no vino a buscar y salvar a la oveja perdida porque había noventa y nueve; el Buen Pastor vino por una oveja perdida. Aun si sólo hubiera una persona en el mundo que estuviera perdida, el Señor hubiera venido a la tierra a buscarla. Por supuesto, históricamente todos los hombres necesitaban la salvación. Pero en cuanto al amor que tenía en Su corazón, Él estaba dispuesto a venir por un solo hombre, por una sola oveja perdida. Otro pasaje de la Escritura muestra que el Espíritu Santo no empieza a buscar cuidadosamente porque se le hayan perdido diez monedas; sino porque se perdió una sola moneda. También, vemos que el padre no esperaba a su pródigo porque todos sus hijos se habían vuelto pródigos; más bien, Él esperó con los brazos abiertos el regreso de un hijo pródigo. En las parábolas de Lucas 15, vemos que en Su obra de redención, el Señor estaba dispuesto a gastarse libremente para satisfacer la necesidad incluso de una sola alma. Él no esperaba hasta que hubiese muchos necesitados para entonces levantarse y empezar Su obra. Esto nos muestra el intenso amor que el Señor tiene para el hombre.
Si queremos servir al Señor de una manera apropiada, tenemos que cultivar un interés genuino por el hombre. Si no tenemos tal interés, no podremos hacer mucho, y si hacemos algo, nuestra obra estará muy limitada. Mientras seamos personas limitadas, no tendremos la capacidad para recibir a mucha gente. Además, a menos que tengamos un verdadero interés por el hombre y nuestros corazones sean ensanchados para ver el valor que tiene el ser humano a los ojos de Dios y el lugar que éste ocupa en Su plan, no podremos sondear cabalmente el significado de la redención. Sin este amor por la humanidad, no podemos pretender que criaturas tan débiles y deficientes como nosotros podamos tener parte en la gran obra de Dios. ¿Cómo alguien puede ser usado para salvar almas si no ama a las almas? ¿Cómo podríamos ser usados para salvar a los hombres si no los amamos? Si esta gran carencia de amor por los hombres fuera quitada, muchas otras dificultades con respecto a los hombres se solucionarían. Tal vez nos parezca que algunas personas son demasiado ignorantes y que otras son demasiado duras de corazón, pero esta condición no debe impedir que las amemos. Si tenemos amor, jamás menospreciaremos a nadie, y Dios nos conducirá a tomar nuestro lugar como hombres entre todos nuestros semejantes.
Cuando algunos obreros cristianos de las áreas urbanas van al interior del país a trabajar entre campesinos, tienen un desmedido aire de superioridad. Si hemos de ir a predicar el evangelio a cualquier parte, tenemos que ir como lo hizo Jesús, el Hijo del hombre. Sin embargo, ¡algunos obreros consideran que trabajar entre personas sencillas es una experiencia humillante! Es correcto humillarse, pero cuán erróneo es pensar que es humillante trabajar entre personas de clase humilde. Si sentimos que es una humillación trabajar entre personas de poca preparación, eso prueba que no somos lo suficientemente humildes y que nuestra humildad es fabricada, no es natural. Cuando nuestro Señor vino a la tierra, los hombres sólo lo conocían como el hijo de María y el hermano de Jacobo, José, Judas y Simón. Ellos sólo lo conocieron como un hijo de hombre. Hermanos y hermanas, tenemos que ser hombres auténticos. Cuando estemos entre la gente, de ninguna manera debemos dar la impresión que somos superiores a ellos, porque así no debe comportarse un cristiano. Cuando estemos entre nuestros semejantes, debemos tener la actitud de que somos uno más entre ellos.
No debemos dar la impresión de que estamos condescendiendo o que estamos haciéndoles un favor al relacionarnos con ellos. Si hacemos esto, no somos aptos para servir a nadie, y nuestra manera de servir está totalmente equivocada. Sólo podremos servir a los hombres si nosotros mismos somos hombres. Nunca debemos dar la impresión de que siempre estamos humillándonos o que somos personas diferentes. Si otros tienen esa impresión acerca de nosotros, ello demuestra que no somos siervos de Dios. Para servir al Señor, debemos vaciarnos genuinamente de nuestro yo. Si cuando hablamos con personas de menos preparación que nosotros, guardamos nuestras distancias, les estamos dando a entender que no somos uno de ellos.
No podremos servir a Dios a menos que seamos capaces de humillarnos al nivel mas bajo; jamás debemos creernos superiores a otros. Ningún hermano ni hermana debe menospreciar a una persona sólo porque tiene poco conocimiento, pues ambos ocupamos la misma posición en la creación, en la redención y en el plan de Dios. La única diferencia entre nosotros y un incrédulo es que nosotros conocemos al Señor. Hermanos y hermanas, nuestra actitud está errada en muchas formas. Tenemos que tornarnos por completo de tal actitud errónea y entender que todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios. Nuestro Señor vino a la tierra por todos y cada uno de los hombres. Así que, debemos humillarnos por amor de ellos, y nunca clasificar a nadie basándonos en la medida de preparación que posean.
Tal vez ustedes digan: “La ignorancia de los hombres no me presenta problemas, pero mi dificultad radica en la relación que puedo tener con personas que son engañosas, pecaminosas o muy difíciles en su forma de relacionarse. ¿Cuál debe ser mi actitud hacia ellos?”. Bueno, sólo debe mirar retrospectivamente a su vida pasada y preguntarse si usted era mejor que ellos antes de que la gracia de Dios lo alcanzase ¿Cuánto mejor que ellos sería usted hoy sin la gracia de Dios? ¿Quién lo ha hecho más santo que ellos? Cuando se examina fuera de la gracia se dará cuenta que no hay diferencia entre usted y ellos. ¿Qué nos hace distintos de ellos aparte de la gracia? Sólo podemos inclinarnos delante de Dios y decir: “Yo soy igual que ellos, nada más que un pobre pecador”. Sólo la gracia de Dios puede enseñarnos a humillarnos hasta tocar el polvo y decir: “Señor, Tú eres el que me ha salvado”. La gracia nunca nos conducirá a exaltarnos, sino a reconocer que somos iguales a cualquier persona caída y pecadora. Es la gracia de Dios y no nosotros mismos, la que nos separa de ellos. Si lo que tenemos, lo hemos recibido, ¿por qué nos gloriamos como si no lo hubiéramos recibido? Si la gracia es lo único que nos hace diferentes, no tenemos ninguna base para exaltarnos. Así que debemos darle más gracias; debemos pasar tiempo agradeciendo al Señor por la gracia que hayamos recibido, que gastar tiempo en gloriarnos de nosotros mismos.
Debemos entender que a los ojos de Dios somos iguales a todos los hombres. Por tanto, debemos amarlos, y si tal vez nosotros los rehuidos por sus pecados, aún así debemos salir a verlos con un corazón ensanchado, movidos por el amor hacia ellos a fin de traerlos al Señor.
Ciertamente cada siervo de Dios tiene su propia característica y función específica para Dios, pero no debemos olvidar que, sin importar cuán diferentes puedan ser las funciones de cada uno, todos los verdaderos siervos de Dios son iguales en algo que es fundamental: todos están interesados, intensamente interesados, en los hombres. Cuanto más ensanchado sea el corazón de un hermano y más interés tenga en los seres humanos, mayor será su utilidad en las manos de Dios. Hermanos y hermanas, debemos tener un interés por la humanidad, porque si no lo tenemos sino que más bien somos indiferentes a ellos, ¿cómo podremos predicarles el evangelio? Nosotros estamos aquí para relacionarnos con ellos, para ganarlos y salvarlos. Pero si no tenemos ningún interés por los hombres, ¿cómo hemos de realizar nuestra labor? Ningún doctor se aleja de sus pacientes, y ningún maestro rehuye a sus alumnos. ¡Es extraño que siendo predicadores del evangelio, al mismo tiempo tengamos temor de relacionarnos con la gente! Si hemos de trabajar para el Señor, debemos tener un interés por el hombre. Esto no debe ser algo por obligación, sino por un verdadero interés en tener contacto y comunicación con ellos. No debería ser necesario que alguien nos diga que debemos relacionarnos o comunicarnos con los hombres. Todo obrero debe sentir en su corazón que el hombre es muy valioso y precioso. Debemos comprender que todos los hombres fueron creados y son amados por Él. Dios los desea, y dio a Su Hijo unigénito por ellos con la expectativa de que recibieran Su vida al creer en Él. La única diferencia entre nosotros y los incrédulos es que nosotros hemos creído en Él. Esta es la razón por la que tenemos que ayudarles a creer. Debemos cultivar un gran interés por ellos. Si hacemos esto, se abrirá ante nosotros un campo ilimitado de oportunidades para servir al Señor, y bajo la misericordia de Dios, llegaremos a ser siervos con los que Él pueda contar.
Hermanos y hermanas, para servir al Señor de una manera apropiada, tenemos que tomar la senda correcta. Debemos tener presente que a los ojos de Dios todos tienen un espíritu. En este aspecto todos somos iguales; todos tenemos el mismo rango, porque todos tenemos un alma y un espíritu. Así que, al relacionarnos con cualquier persona que posea un alma y un espíritu, debemos amarle y esforzarnos por servirle. Si hacemos esto, nuestra actitud será muy diferente al encontrarnos con cualquier persona en la calle. Cuando un hombre recibe la iluminación de Dios para ver que ha sido engendrado por el mismo Padre que sus hermanos, él desarrollará un aprecio especial por ellos. Del mismo modo, un obrero necesita ser iluminado para ver que él ha sido creado por el mismo Dios que creó a todos sus semejantes. Tal iluminación producirá en él un aprecio distinto por cada ser humano con el que se encuentre. Entre los santos, tenemos el sentir de que somos hermanos y hermanas, pero ahora necesitamos tener una iluminación más intensa para ver que todos somos compañeros entre los seres humanos. Todos los hombres son igualmente valiosos, queridos y dignos de nuestro servicio. Si tenemos esta actitud, tocaremos las cosas de Dios mientras estamos en la tierra hoy y nos identificaremos con el mismo sentir que Dios tiene para con la humanidad, ya que toda Su atención siempre se dirige hacia el hombre. Todos los hombres fueron creados por Dios, y de entre ellos podemos rescatar a algunos para que formen parte de Su iglesia. La meta de Dios es la iglesia, pero la atención de Dios se enfoca en el hombre. Él quiere ganar al hombre. Ningún obrero del Señor puede menospreciar a ningún hombre, ya que todos poseen un alma y un espíritu, y si lo hacemos, sea en actitud o conducta, somos indignos de ser llamados siervos de Dios. Si queremos servir al Señor de una manera apropiada, no debemos despreciar a ningún alma; sino aun más, tenemos que aprender a ser siervos de todos los hombres. Tenemos que aprender a servir a todos en todas las cosas y servirlos con un corazón dispuesto.
Muchos tienen el hábito de menospreciar a aquellos que consideran inferiores a ellos, mientras que adulan a los que estiman mejores que ellos. Es vergonzoso encontrar tal actitud entre los obreros de Dios. No debemos menospreciar a nadie sólo porque nos parezca menos que nosotros en alguna forma. Debemos considerar a los hombres en la posición que Dios les da y valorarlos como Dios los valora.
Si no resolvemos este asunto, no podremos servir a Dios. Comprender lo valioso que es el hombre es un asunto muy importante y que causa mucha alegría. No debemos perder de vista cómo el Señor vino a morir por todos los hombres; si vemos esto, el mismo carácter que le llevó a sufrir tal muerte por los hombres, hallará eco en nosotros, y sentiremos lo mismo que el Señor siente por ellos y coincidiremos con el Señor en que el hombre merece todo nuestro amor e interés. A menos que experimentemos esto, no podremos identificarnos con el sentir del Señor ni podremos trabajar para Él.El Carácter del obrero de Dios
Watchman Nee
Watchaman Nee se convirtió al cristianismo en China a la edad de diecisiete años y comenzó a escribir en el mismo año. A través de casi treinta años de ministerio se evidenció como un don único del Señor para su iglesia en ese tiempo. En 1952 fue hecho prisionero por su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972. Sus palabras permanecen como una fuente de abundante revelación espiritual para los cristianos de todo el mundo
TEMA 2
Debe amar a todos los seres humanos
El obrero del Señor debe amar a todos los seres humanos, no sólo a los hermanos. El rey Salomón dijo: “El que escarnece al pobre afrenta a su Hacedor” (Proverbios 17:5). Dios creó todo el linaje humano; por lo tanto, todos los seres humanos merecen nuestro amor. Si un siervo u obrero del Señor carece de amor fraternal, o si sólo tiene amor para con los hermanos pero no para con todos los hombres, no es apto para servir al Señor.
Para servir al Señor debemos tener amor, un afecto genuino, para con todos los hombres. Pero si sentimos enfado, molestia o menosprecio hacia las personas, no estamos calificados para ser siervos de Dios. Debemos estar conscientes de que a los ojos de Dios todos los hombres fueron creados por Él. Ciertamente el hombre ha caído, pero también ha llegado a ser el objeto de la redención del Señor.
Aunque el hombre es terco por naturaleza, el Espíritu Santo ha escogido al hombre y ha determinado darle un toque personal. Aun el propio Señor Jesús se hizo hombre cuando vino a la tierra. Y se hizo un hombre igual que cualquiera; creció gradualmente desde la infancia hasta la madurez. La intención de Dios al encarnarse fue establecer la “norma” para el hombre, un hombre representativo en quien todos los planes de Dios pudieran realizarse. Después de la ascensión del Señor Jesús, la iglesia llegó a existir, la cual es el “nuevo hombre”. El plan completo de redención incluye que el hombre sea elevado y glorificado. Si realmente entendemos la Palabra de Dios, comprenderemos que el término hijos de Dios no es tan importante como el término hombre, y entenderemos que el plan de Dios, Su elección y predestinación, tienen como meta obtener un hombre glorificado. Cuando nos damos cuenta del lugar que ocupa el hombre en el propósito de Dios, y cuando vemos que todo el plan de Dios se centra en el hombre y comprendemos por qué el propio Señor se humilló a Sí mismo haciéndose hombre, aprendemos a valorar a todos los hombres. Cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, dijo: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La palabra del Señor dice claramente que el Hijo del Hombre vino a servir a muchos. En este pasaje, “muchos” no se refiere a la iglesia ni a los hijos de Dios, sino a todos los hombres. Además, Él no dijo que el Hijo de Dios vino a servir, sino que fue el Hijo del Hombre quien vino. Aquí vemos la actitud del Señor para con el hombre.
Un problema serio de muchos que trabajan en la obra de Dios es su falta total de amor y respeto para el hombre, y el fracaso que tienen de darse cuenta del valor que tiene el ser humano a los ojos de Dios. Tal vez sintamos que hemos logrado un gran avance por el hecho de que hemos empezado a amar a los hermanos, especialmente si antes no amábamos a nadie. Y debido a que ahora amamos un poco a los hermanos, pensamos que eso es un logro extraordinario. Pero hermanos y hermanas, esto no es suficiente. Necesitamos que Dios nos ensanche; tenemos que entender lo valioso que son todos los hombres para Dios. La edificación de nuestra obra espiritual dependerá de la medida de amor e interés que sintamos hacia las personas. Me gustaría saber si sólo mostramos interés en ciertas personas prometedoras y sobresalientes, o si realmente nos interesa el hombre en general. Éste es un asunto de gran importancia. El hecho de que el Hijo del Hombre viniera a la tierra implica que el Señor estaba intensamente interesado en el hombre; estaba tan interesado en el hombre que Él se hizo un hombre. El Señor estaba sumamente interesado en el hombre, pero ¿cuál es el grado de nuestro interés? Tal vez despreciemos a éste o aquel individuo; pero ¿cómo ve el Señor a esta gente? El Señor dijo que el Hijo del Hombre vino. Esto significa que Él vino entre los hombres como el Hijo del Hombre. También significa que Él tenía un interés por el hombre, que tenía un sentir por el hombre y que tenía un gran respeto por el hombre. El hombre es tan valioso para Él que asumió la posición de hombre para poder servir a los hombres. Es asombroso ver que muchos hijos de Dios tengan tan poco interés por sus semejantes. No es mucho lo que podamos hacer al respecto; sin embargo, tal apatía nos indigna. Hermanos y hermanas, ¿comprenden el significado de la frase el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir? Debemos considerar estas palabras delante del Señor. Ellas nos hablan del cuidado que Cristo tiene por el hombre. Es erróneo que alguien diga: “Estoy entre los hombres, mas no tengo ningún interés por ellos”.
El interés por las personas es un requisito básico en la vida de todos los obreros. Esto no quiere decir que sólo debamos escoger a ciertos individuos y que debamos interesarnos y ser afectuosos exclusivamente con ellos, sino que debemos interesarnos en todos los hombres. Presten atención al Señor Jesús, cuya característica sobresaliente es que tenía sentimientos y amor por todos sin excepción. Él estaba tan interesado en el hombre que pudo decir: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”. Si cuando vamos a cierto lugar, no tenemos la actitud de ser servidos por otros sino que nosotros vamos a servirles, tendremos la misma actitud que menciona el Señor en este pasaje. Si hiciéramos esto estaríamos en la senda y la posición correctas. Los siervos de Dios no deben reservar su amor egoístamente sólo para los hermanos; un obrero del Señor que hace esto será un fracaso total. El amor fraternal no debe encabezar la lista, sino que debe ser algo adicional a nuestro amor por todos los hombres. Tenemos que amar a todos los hombres. Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo”. ¿A qué se refiere la expresión al mundo? Se refiere a todas las personas de este mundo, incluyendo a los que no son salvos y aun aquellas que no tienen conocimiento de Dios. Dios ama al mundo; a toda la humanidad. Éste es el significado de la cláusula de tal manera amó Dios al mundo. Si Dios ama a todos pero usted no lo hace, o extiende su amor a alguien solamente después que llega a ser su hermano, su corazón es distinto al corazón del Señor y usted no está calificado para servir a Dios. Su corazón debe ensancharse al grado que ame a todos los hombres y se interese por todos los hombres. Si alguien es un ser humano, usted debe interesarse en él. Ésta es la única manera de servir a Dios.
El Señor Jesús dijo, “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45). En otras palabras, el Señor nunca pidió nada de los hombres. Del mismo modo, nosotros debemos interesarnos en los seres humanos y debemos apreciarlos. Además, no debemos sacar provecho de nadie, ni esperar ser servidos por los hombres. Mucho menos debemos avergonzar o herir los sentimientos de nadie. Por años nos hemos acostumbrado a dirigirnos a los seres humanos como “nuestros semejantes”; sin embargo, éste no debe ser un simple término, porque esto hace referencia a sentimientos. Por ejemplo, tenemos cierto afecto especial para los hermanos. Sentimos un amor fraternal para con los hermanos en Cristo; pero quisiera saber si sentimos lo mismo por todos los hombres, a los que llamamos “nuestros semejantes”. ¿Realmente sentimos que ellos son “nuestros semejantes”? Si no tenemos tal sentir, no podemos servir a Dios. Todos los siervos del Señor deben tener tal corazón amplio. Nuestro corazón debe ser tan amplio que pueda incluir a todos los hombres. Los siervos de Dios deben ser capaces de albergar en su seno a todo el linaje humano. El mayor problema entre muchos obreros es que carecen de tal amor por el hombre. Aun su amor por los hermanos es escaso; mucho más, o casi inexistente, será su amor por todos los hombres. ¡Quizás en el mejor de los casos pueden amar sólo a uno de cada cien o incluso a uno de cada diez mil! Si ésta es nuestra condición, ciertamente no tenemos amor por la humanidad. Debemos tener presente que Dios es nuestro Creador y que todos nosotros somos Sus criaturas; todos son nuestros semejantes, y todos somos seres humanos. Debemos ensanchar la capacidad de nuestro corazón para amar a todas las personas, a todos nuestros semejantes, ya que todos fueron creados por Dios. No debemos permitir que sufran, ni debemos aprovecharnos de ellos, ni tenemos que esperar ser servidos por ellos. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, no debemos aprovecharnos de otros en ninguna forma. Debemos comprender que es vergonzoso que un cristiano se aproveche de sus semejantes mientras está en la tierra. Es erróneo aprovecharse de los hermanos y es igualmente erróneo tomar ventaja de cualquier otro. En lo que se refiere a recibir de otros, la actitud básica de nuestro Señor fue de servir más que ser servido. Debemos rechazar la actitud egoísta de recibir los servicios y bienes de otros, a costa de su sacrificio y pérdida, sin nosotros antes tener esta actitud de servir y sacrificarnos por otros.
Los hijos de Dios nunca deben sacar provecho de nadie, no sólo porque el Señor lo prohíbe, sino porque todos los seres humanos son nuestros semejantes. Debemos comprender que todos los seres humanos son preciosos a los ojos de Dios. Si no cultivamos un interés genuino por el hombre, nuestra obra tendrá un valor muy limitado ante los ojos de Dios, sin importar cuán grande pueda parecer exteriormente. Dios anhela ver que Sus siervos ensanchen su capacidad e interés por todos los seres humanos. Ésta es la única manera de ser personas llenas de gracia, y es la única manera en que podemos servir al Señor.
Marcos 10:45 dice: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos.” Lucas 19:10 dice: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Por otra parte, Juan 10:10 dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. El Señor Jesús vino a la tierra por causa del hombre. Según Marcos 10, Él vino a servir a los hombres al grado de dar Su vida para rescatarlos. El propósito de Su venida fue servir a los hombres, y en este servicio le fue necesario dar Su vida en rescate por ellos y eso es lo que hizo. El hecho de entregarse como rescate fue el acto más alto y supremo de Su servicio al hombre. El Señor dijo que el Hijo del Hombre no vino únicamente para ser el rescate por el hombre; sino aun más, dijo que Él vino “para servir”. La meta de Su venida era servir a la humanidad. Él tenía un gran interés en el hombre y lo consideraba sumamente precioso y digno de Su amor y servicio. El Señor sirvió al hombre hasta tal grado que llegó a ser su Salvador a fin de satisfacer su necesidad. Esa fue la razón por la que dio Su vida como rescate. Si predicamos el evangelio del sacrificio del Señor al dar Su vida como rescate, y no poseemos el mismo corazón de servicio que tiene el Señor, no somos dignos de ser llamados obreros Suyos. El hombre es precioso. Por esta razón, el Señor no dijo que “el Hijo de Dios” había venido a servir, sino que era “el Hijo del Hombre” quien había venido a servir. El Señor Jesús primero amó y sirvió a los hombres, y luego dio Su vida por ellos. El amor viene primero y el sacrificio de la vida viene después. Cuando trabajamos entre los hombres, no podemos predicar acerca del sacrificio del Señor sin tener primero un amor genuino por ellos. No debemos pensar que podemos primero predicarles acerca de Su sacrificio y después amarlos una vez que hayan recibido al Señor. Si nosotros no estamos interesados por los hombres ni los consideramos preciosos como Dios los considera, y si no estamos conscientes de que todos somos criaturas de Dios, no podemos predicar acerca de Su sacrificio. Si nunca hemos sido afectados por la expresión Dios creó al hombre o tenemos poco sentimiento por esto, estamos incapacitados para predicar acerca del sacrificio de Cristo. Hermanos y hermanas, primero tenemos que amar a todos los hombres para después poder conducirlos al Señor. No podemos frenar nuestro amor hasta que ellos reciban al Señor o hasta que lleguen a ser nuestros hermanos. Lamentablemente, éste es un problema con muchas personas; ellos están carentes en cuanto a este asunto. Muchos no pueden amar a una persona hasta que ésta llega a ser un creyente; ésta no es la manera en que nuestro Señor obra. Él primero amó, y luego dio Su vida. Aquellos que predicamos acerca de Su redención, debemos amar primero y después predicar acerca de Su redención. Nuestro Señor primero sirvió y mostró misericordia a los hombres, antes de dar Su vida como rescate por ellos. De la misma manera, nosotros debemos tener un verdadero interés por los hombres y considerarlos dignos de nuestro amor y gracia, antes de que les presentemos la redención del Señor.
Si Dios abre nuestro corazón para que podamos ver que somos compañeros entre todos los hombres, nuestra actitud hacia ellos cambiará radicalmente. Descubriremos que el hombre es encantador y precioso para nosotros. Necesitamos comprender lo precioso que es el hombre a los ojos de Dios, debido a que Él lo creó a Su semejanza. Incluso hoy, el hombre aún conserva la semejanza de su Creador. Así que, no podremos ser siervos del hombre si no lo tenemos como el objeto de nuestro afecto. Repito, debemos darnos cuenta de lo apreciable y valioso que es el hombre a los ojos de Dios. Muchos hermanos y hermanas tienen una actitud, temperamento y sentimiento totalmente erróneos hacia sus semejantes; los consideran una carga, fastidio o molestia. Este sentir es totalmente equivocado. Debemos aprender a ver al hombre como la creación de Dios, como poseedor de la imagen de Dios. Aunque el hombre haya caído, su futuro sigue siendo promisorio. Si valoramos y apreciamos al hombre, no sentiremos que éste sea una carga, fastidio o molestia para nosotros. El Señor fue a la cruz por el hombre. ¿Puede nuestro amor ser menos que esto? Si somos afectados por el Señor en una manera genuina, y si realmente vemos la meta que el Señor tenía al venir a la tierra, espontáneamente concluiremos que el hombre es muy valioso. Es imposible que alguien tenga un conocimiento genuino del Señor y pueda menospreciar al hombre.
El hombre es digno de nuestro amor. Todos los pecados pueden ser perdonados, por lo que podemos ser comprensivos con todas las debilidades y actividades de la carne. Somos pecadores y sabemos lo que eso significa; sin embargo, al mismo tiempo, sabemos que el hombre es precioso. Debemos tener presente que el Señor no murió por los hombres debido a que ellos eran muchos. Él dijo que el Buen Pastor dejó a todas las ovejas para buscar a una perdida. En otras palabras, Él no vino a buscar y salvar a la oveja perdida porque había noventa y nueve; el Buen Pastor vino por una oveja perdida. Aun si sólo hubiera una persona en el mundo que estuviera perdida, el Señor hubiera venido a la tierra a buscarla. Por supuesto, históricamente todos los hombres necesitaban la salvación. Pero en cuanto al amor que tenía en Su corazón, Él estaba dispuesto a venir por un solo hombre, por una sola oveja perdida. Otro pasaje de la Escritura muestra que el Espíritu Santo no empieza a buscar cuidadosamente porque se le hayan perdido diez monedas; sino porque se perdió una sola moneda. También, vemos que el padre no esperaba a su pródigo porque todos sus hijos se habían vuelto pródigos; más bien, Él esperó con los brazos abiertos el regreso de un hijo pródigo. En las parábolas de Lucas 15, vemos que en Su obra de redención, el Señor estaba dispuesto a gastarse libremente para satisfacer la necesidad incluso de una sola alma. Él no esperaba hasta que hubiese muchos necesitados para entonces levantarse y empezar Su obra. Esto nos muestra el intenso amor que el Señor tiene para el hombre.
Si queremos servir al Señor de una manera apropiada, tenemos que cultivar un interés genuino por el hombre. Si no tenemos tal interés, no podremos hacer mucho, y si hacemos algo, nuestra obra estará muy limitada. Mientras seamos personas limitadas, no tendremos la capacidad para recibir a mucha gente. Además, a menos que tengamos un verdadero interés por el hombre y nuestros corazones sean ensanchados para ver el valor que tiene el ser humano a los ojos de Dios y el lugar que éste ocupa en Su plan, no podremos sondear cabalmente el significado de la redención. Sin este amor por la humanidad, no podemos pretender que criaturas tan débiles y deficientes como nosotros podamos tener parte en la gran obra de Dios. ¿Cómo alguien puede ser usado para salvar almas si no ama a las almas? ¿Cómo podríamos ser usados para salvar a los hombres si no los amamos? Si esta gran carencia de amor por los hombres fuera quitada, muchas otras dificultades con respecto a los hombres se solucionarían. Tal vez nos parezca que algunas personas son demasiado ignorantes y que otras son demasiado duras de corazón, pero esta condición no debe impedir que las amemos. Si tenemos amor, jamás menospreciaremos a nadie, y Dios nos conducirá a tomar nuestro lugar como hombres entre todos nuestros semejantes.
Cuando algunos obreros cristianos de las áreas urbanas van al interior del país a trabajar entre campesinos, tienen un desmedido aire de superioridad. Si hemos de ir a predicar el evangelio a cualquier parte, tenemos que ir como lo hizo Jesús, el Hijo del hombre. Sin embargo, ¡algunos obreros consideran que trabajar entre personas sencillas es una experiencia humillante! Es correcto humillarse, pero cuán erróneo es pensar que es humillante trabajar entre personas de clase humilde. Si sentimos que es una humillación trabajar entre personas de poca preparación, eso prueba que no somos lo suficientemente humildes y que nuestra humildad es fabricada, no es natural. Cuando nuestro Señor vino a la tierra, los hombres sólo lo conocían como el hijo de María y el hermano de Jacobo, José, Judas y Simón. Ellos sólo lo conocieron como un hijo de hombre. Hermanos y hermanas, tenemos que ser hombres auténticos. Cuando estemos entre la gente, de ninguna manera debemos dar la impresión que somos superiores a ellos, porque así no debe comportarse un cristiano. Cuando estemos entre nuestros semejantes, debemos tener la actitud de que somos uno más entre ellos.
No debemos dar la impresión de que estamos condescendiendo o que estamos haciéndoles un favor al relacionarnos con ellos. Si hacemos esto, no somos aptos para servir a nadie, y nuestra manera de servir está totalmente equivocada. Sólo podremos servir a los hombres si nosotros mismos somos hombres. Nunca debemos dar la impresión de que siempre estamos humillándonos o que somos personas diferentes. Si otros tienen esa impresión acerca de nosotros, ello demuestra que no somos siervos de Dios. Para servir al Señor, debemos vaciarnos genuinamente de nuestro yo. Si cuando hablamos con personas de menos preparación que nosotros, guardamos nuestras distancias, les estamos dando a entender que no somos uno de ellos.
No podremos servir a Dios a menos que seamos capaces de humillarnos al nivel mas bajo; jamás debemos creernos superiores a otros. Ningún hermano ni hermana debe menospreciar a una persona sólo porque tiene poco conocimiento, pues ambos ocupamos la misma posición en la creación, en la redención y en el plan de Dios. La única diferencia entre nosotros y un incrédulo es que nosotros conocemos al Señor. Hermanos y hermanas, nuestra actitud está errada en muchas formas. Tenemos que tornarnos por completo de tal actitud errónea y entender que todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios. Nuestro Señor vino a la tierra por todos y cada uno de los hombres. Así que, debemos humillarnos por amor de ellos, y nunca clasificar a nadie basándonos en la medida de preparación que posean.
Tal vez ustedes digan: “La ignorancia de los hombres no me presenta problemas, pero mi dificultad radica en la relación que puedo tener con personas que son engañosas, pecaminosas o muy difíciles en su forma de relacionarse. ¿Cuál debe ser mi actitud hacia ellos?”. Bueno, sólo debe mirar retrospectivamente a su vida pasada y preguntarse si usted era mejor que ellos antes de que la gracia de Dios lo alcanzase ¿Cuánto mejor que ellos sería usted hoy sin la gracia de Dios? ¿Quién lo ha hecho más santo que ellos? Cuando se examina fuera de la gracia se dará cuenta que no hay diferencia entre usted y ellos. ¿Qué nos hace distintos de ellos aparte de la gracia? Sólo podemos inclinarnos delante de Dios y decir: “Yo soy igual que ellos, nada más que un pobre pecador”. Sólo la gracia de Dios puede enseñarnos a humillarnos hasta tocar el polvo y decir: “Señor, Tú eres el que me ha salvado”. La gracia nunca nos conducirá a exaltarnos, sino a reconocer que somos iguales a cualquier persona caída y pecadora. Es la gracia de Dios y no nosotros mismos, la que nos separa de ellos. Si lo que tenemos, lo hemos recibido, ¿por qué nos gloriamos como si no lo hubiéramos recibido? Si la gracia es lo único que nos hace diferentes, no tenemos ninguna base para exaltarnos. Así que debemos darle más gracias; debemos pasar tiempo agradeciendo al Señor por la gracia que hayamos recibido, que gastar tiempo en gloriarnos de nosotros mismos.
Debemos entender que a los ojos de Dios somos iguales a todos los hombres. Por tanto, debemos amarlos, y si tal vez nosotros los rehuidos por sus pecados, aún así debemos salir a verlos con un corazón ensanchado, movidos por el amor hacia ellos a fin de traerlos al Señor.
Ciertamente cada siervo de Dios tiene su propia característica y función específica para Dios, pero no debemos olvidar que, sin importar cuán diferentes puedan ser las funciones de cada uno, todos los verdaderos siervos de Dios son iguales en algo que es fundamental: todos están interesados, intensamente interesados, en los hombres. Cuanto más ensanchado sea el corazón de un hermano y más interés tenga en los seres humanos, mayor será su utilidad en las manos de Dios. Hermanos y hermanas, debemos tener un interés por la humanidad, porque si no lo tenemos sino que más bien somos indiferentes a ellos, ¿cómo podremos predicarles el evangelio? Nosotros estamos aquí para relacionarnos con ellos, para ganarlos y salvarlos. Pero si no tenemos ningún interés por los hombres, ¿cómo hemos de realizar nuestra labor? Ningún doctor se aleja de sus pacientes, y ningún maestro rehuye a sus alumnos. ¡Es extraño que siendo predicadores del evangelio, al mismo tiempo tengamos temor de relacionarnos con la gente! Si hemos de trabajar para el Señor, debemos tener un interés por el hombre. Esto no debe ser algo por obligación, sino por un verdadero interés en tener contacto y comunicación con ellos. No debería ser necesario que alguien nos diga que debemos relacionarnos o comunicarnos con los hombres. Todo obrero debe sentir en su corazón que el hombre es muy valioso y precioso. Debemos comprender que todos los hombres fueron creados y son amados por Él. Dios los desea, y dio a Su Hijo unigénito por ellos con la expectativa de que recibieran Su vida al creer en Él. La única diferencia entre nosotros y los incrédulos es que nosotros hemos creído en Él. Esta es la razón por la que tenemos que ayudarles a creer. Debemos cultivar un gran interés por ellos. Si hacemos esto, se abrirá ante nosotros un campo ilimitado de oportunidades para servir al Señor, y bajo la misericordia de Dios, llegaremos a ser siervos con los que Él pueda contar.
Hermanos y hermanas, para servir al Señor de una manera apropiada, tenemos que tomar la senda correcta. Debemos tener presente que a los ojos de Dios todos tienen un espíritu. En este aspecto todos somos iguales; todos tenemos el mismo rango, porque todos tenemos un alma y un espíritu. Así que, al relacionarnos con cualquier persona que posea un alma y un espíritu, debemos amarle y esforzarnos por servirle. Si hacemos esto, nuestra actitud será muy diferente al encontrarnos con cualquier persona en la calle. Cuando un hombre recibe la iluminación de Dios para ver que ha sido engendrado por el mismo Padre que sus hermanos, él desarrollará un aprecio especial por ellos. Del mismo modo, un obrero necesita ser iluminado para ver que él ha sido creado por el mismo Dios que creó a todos sus semejantes. Tal iluminación producirá en él un aprecio distinto por cada ser humano con el que se encuentre. Entre los santos, tenemos el sentir de que somos hermanos y hermanas, pero ahora necesitamos tener una iluminación más intensa para ver que todos somos compañeros entre los seres humanos. Todos los hombres son igualmente valiosos, queridos y dignos de nuestro servicio. Si tenemos esta actitud, tocaremos las cosas de Dios mientras estamos en la tierra hoy y nos identificaremos con el mismo sentir que Dios tiene para con la humanidad, ya que toda Su atención siempre se dirige hacia el hombre. Todos los hombres fueron creados por Dios, y de entre ellos podemos rescatar a algunos para que formen parte de Su iglesia. La meta de Dios es la iglesia, pero la atención de Dios se enfoca en el hombre. Él quiere ganar al hombre. Ningún obrero del Señor puede menospreciar a ningún hombre, ya que todos poseen un alma y un espíritu, y si lo hacemos, sea en actitud o conducta, somos indignos de ser llamados siervos de Dios. Si queremos servir al Señor de una manera apropiada, no debemos despreciar a ningún alma; sino aun más, tenemos que aprender a ser siervos de todos los hombres. Tenemos que aprender a servir a todos en todas las cosas y servirlos con un corazón dispuesto.
Muchos tienen el hábito de menospreciar a aquellos que consideran inferiores a ellos, mientras que adulan a los que estiman mejores que ellos. Es vergonzoso encontrar tal actitud entre los obreros de Dios. No debemos menospreciar a nadie sólo porque nos parezca menos que nosotros en alguna forma. Debemos considerar a los hombres en la posición que Dios les da y valorarlos como Dios los valora.
Si no resolvemos este asunto, no podremos servir a Dios. Comprender lo valioso que es el hombre es un asunto muy importante y que causa mucha alegría. No debemos perder de vista cómo el Señor vino a morir por todos los hombres; si vemos esto, el mismo carácter que le llevó a sufrir tal muerte por los hombres, hallará eco en nosotros, y sentiremos lo mismo que el Señor siente por ellos y coincidiremos con el Señor en que el hombre merece todo nuestro amor e interés. A menos que experimentemos esto, no podremos identificarnos con el sentir del Señor ni podremos trabajar para Él.El Carácter del obrero de Dios
Watchman Nee
Watchaman Nee se convirtió al cristianismo en China a la edad de diecisiete años y comenzó a escribir en el mismo año. A través de casi treinta años de ministerio se evidenció como un don único del Señor para su iglesia en ese tiempo. En 1952 fue hecho prisionero por su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972. Sus palabras permanecen como una fuente de abundante revelación espiritual para los cristianos de todo el mundo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)